La transición postchavista según Oscar Shémel

Oscar Shémel


El director de Globovisión dijo que el dilema de los venezolanos no era decidir entre el   socialismo o el capitalismo, ni la rivalidad entre ricos y pobres. También afirmó que la estrategia de la revolución era el control de la sociedad a través de la coerción legal, policial y económica.Todo eso y más, apareció en una carta de su autoría que circuló en las redes sociales, cuyo contenido contrasta con los análisis político-electorales que ha venido sosteniendo en los últimos tiempos

El director de Globovisión, Oscar Schémel, quien también funge de director de Hinterlaces, sostuvo un conjunto de argumentos muy duros respecto a Hugo Chávez y el chavismo, que sin duda pueden parecer explosivos  para el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y más cuando las encuestas hablan de un posible triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre. 

En efecto, en una carta enviada a Elías Toro (2010), Schémel dijo que Venezuela se aproxima a una transición postchavista, que Chávez no era un revolucionario sino un predicador, cuyo objetivo era concentrar el poder. 

Esta pieza tiene un enorme valor, pues recoge parte de la agenda política del presente, en la que se habla de una transición postchavista. 

En la misiva, Schémel dice que el Presidente Chávez nunca ha tenido una ideología definida sino sólo una lógica para justificar la concentración del poder”. Por ello, explica, el líder se rodeó de algunas personalidades como Dietrerichs, Ceresole y Monederos (el ex asesor del líder de Podemos, en España), para darle consistencia ideológica al proyecto.

El director de Hinterlaces afirmó que en Venezuela “hace mucho tiempo que lo que hace falta no es un Gran Líder o un Héroe”, de hecho, critica el culto a la personalidad en torno a Chávez, a quien definió como  “un predicador y un redentor, pero no un líder revolucionario”.

También cuestionó algunos de los paradigmas de la estrategia política y electoral del chavismo, entre ellos la división de clases, y la disyuntiva entre capitalismo y socialismo: “Hay que entender que la actual confrontación social y política es fundamentalmente una disputa social y simbólica por refundar la democracia y no es una batalla entre el capitalismo y el socialismo o de ricos contra pobres”.

Respecto a la revolución, afirmó que “apunta principalmente hacia una estrategia de dominación de la sociedad mediante la coerción legal, policial y económica”.

Para el director de Globovisión la mayoría de los venezolanos cree que sin partidos políticos no es posible realizar una democracia.

Finalmente, Schémel habló de “integrar las aspiraciones de los estratos pobres y las clases medias que, como revelan los estudios de opinión pública de Hinterlaces, no son tan diferentes y definitivamente no son antagónicos”.

En otras palabras: sus razonamientos coinciden con las posiciones líderes de la opinión y analistas críticos del proceso bolivariano.

La carta fue enviada en febrero de 2010 a Elías Toro. 
Texto completo en: 

El fin del poder (2): la revolución del más, del menos y Mad Max


El mundo está viviendo importantes transformaciones: hay más calidad de vida, mejor salud, más productos, la gente se desplaza con mayor facilidad, todo aumenta y todo llega a todas partes, como sostiene Moisés Naím (El fin del poder, Random House, 2014).  Pero qué pasaría si este modelo de desarrollo se estanca o se contrae. 

El crecimiento de la población mundial, la extinción del petróleo como fuente de energía, el calentamiento global y otros factores abren la posibilidad de un futuro apocalíptico  tipo Mad Max, el surgimiento de una sociedad destartalada, rural, precaria, donde no existen los mínimos estándares de vida que hoy día exhiben las potencias occidentales, donde la vida se esfuma rápidamente en una pelea sangrienta por conseguir un litro de gasolina. La mentalidad de abundancia y comodidad sería desplazada por la mentalidad de escasez y precariedad.

HJQ

Moisés Naím sostiene que en el mundo están ocurriendo transformaciones revolucionarias que implican una nueva concepción respecto al poder, y un cambio de mentalidad en la población. Lo expresa en El fin del poder (Random House, 2014), y en los siguientes términos:  

“Todos estos cambios los agrupo en tres categorías de transformaciones revolucionarias que, a mi juicio, definen nuestro tiempo: la revolución del más, que se caracteriza por el aumento de todo (el número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones); la revolución de la movilidad, que capta el hecho de que no sólo hay más de todo sino que ese ‘más’  (gente , productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca  y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles, y la revolución de la mentalidad, que refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.



Ciertamente en el mundo han  emergido innumerables avances en la medicina, las ciencias y la tecnología que tienen un poderoso impacto en el planeta. La  esperanza de vida, por ejemplo, ha aumentado hasta en los países pobres mientras que la población mundial sigue creciendo a un ritmo nada despreciable. Estos son logros que marcan una importante diferencia entre el planeta actual y el que existió en siglos anteriores.

También es verdad, como sostiene Naím, que como consecuencia del avance tecnológico y su masificación, pequeñas empresas e inventores pueden competir con grandes corporaciones en la oferta de servicios y bienes; que al masificarse las tecnologías y abaratarse sus costos, ciudadanos corrientes pueden incorporarse a mercados que antes eran dominados o monopolizados por grandes compañías. Lo vemos, por ejemplo, en la creciente aparición de productos elaborados e imitados en China, en jóvenes programadores particulares cuyos servicios resultan más accesibles que los ofrecidos por empresas gigantescas.  

Pero  ¿hasta dónde llegará ese más? ¿Se trata de una tendencia irreversible? Porque el propio crecimiento de la población implicará serios retos a la producción, distribución y consumo de bienes y servicios que dan cuerpo a ese más; es decir, el “aumento de todo” podría constituir una amenaza para el propio “aumento de todo”. Más población implica más necesidad de materia prima y recursos naturales,  pero ¿habrá materia prima y recursos para siempre y para todos?

Es cierto que cada día hay más de “todo”, y que “todo” llega a cualquier rincón del orbe. Pero, ¿por cuánto tiempo es sostenible esta tendencia? Los recursos naturales tienden a escasear mientras la población crece; por su parte, el calentamiento global constituye un desafío para la humanidad porque produce estragos en las reservas de recursos naturales.

Hay  bienes y servicios que seguramente no podrán crecer de manera indefinida, que tal vez salgan del mercado porque no contarán con la materia prima o los recursos que permiten elaborarlos.  Y en muchos casos, no está garantizado que disfrutemos de bajos costes para siempre, porque al escasear la materia prima, los recursos naturales y los bienes, seguramente el valor de todos ellos aumentará. A no ser que por razones desconocidas el planeta pueda garantizar  “de todo para todos y para siempre”. Un reto difícil, por no decir imposible.  

Otro aspecto que plantea incertidumbres sobre el futuro de la humanidad es la energía. El actual modelo de desarrollo de la humanidad en buena medida se sustenta en el petróleo, cuyo horizonte, estamos claros, es finito. Con las energías alternas el horizonte también luce limitado y plantea las mismas interrogantes en torno al desarrollo y a las revoluciones del más y de la movilidad. En otras palabras: nuestras dudas giran en torno a la posibilidad de que se dé un estancamiento o una contracción en el modelo de desarrollo, y, por ende, en la revolución del más y la revolución de la movilidad, lo cual afectaría, desde luego, a la revolución de la mentalidad.  

La revolución de la mentalidad



Apunta Naím que la revolución del más y de la movilidad están produciendo una revolución de la mentalidad, fenómeno que se expresó en la Primavera Árabe ocurrida en Túnez, Egipto y otros países.

El autor señala que en estos países hubo cambios importantes en el comportamiento de la población, de hecho, aumentaron significativamente los divorcios en los últimos años. Esta tendencia era impensable hace unos lustros, una verdadera herejía porque se trataba de sociedades sujetas a ciertas tradiciones culturales que colocaban a la mujer en una situación de minusvalía respecto al hombre.   Allí, sin duda, hubo un cambio de mentalidad.

La Primavera Árabe, argumenta Naím, se gestó en parte gracias a Twitter, que facilitó la coordinación y animación de las revueltas de la población civil contra el poder instituido, pero respondió principalmente, sostiene el autor, a un cambio de mentalidad que se produjo en una sociedad donde había “personas más sanas y más preparadas que nunca, pero sin trabajo y profundamente frustradas”; es decir, personas que tenían otras expectativas de vida que, sabemos, fueron alimentadas con información proveniente del mundo occidental. En este caso, la tecnología apoyó el cambio de mentalidad.

La revolución de la mentalidad existe, lo vimos en el mundo árabe, pero ella también dependerá de la proyección en el tiempo que tengan la revolución del más y de la movilidad, del modelo de desarrollo sobre el cual estamos montados, y los factores que constituyen una amenaza real o probable para ese modelo, si es que podemos hablar de un modelo en un mundo diverso y complejo, donde todavía se observa el dilema entre progreso y tradición, izquierda y derecha, capitalismo y socialismo, ciencia y religión.

Hay que recordar, además, que toda revolución tiene un límite, no se proyecta de manera indefinida en el tiempo. Sus efectos a la larga se consolidan como parte del paisaje cotidiano. En otros casos sus efectos desaparecen, son rebatidos o sustituidos por otros fenómenos, por otras revoluciones, por otros procesos, sobresaltos e ideas que se asoman e imponen en el horizonte.

El petróleo, por ejemplo, contribuyó a sepultar la máquina de vapor que ya casi nadie usa, y todavía le hace la guerra al carbón. Pero la energía solar en el futuro podría convertir al petróleo en un fósil de museo.

El problema es que la sociedad del presente, y de unas cuántas décadas más en el porvenir, tiene una enorme dependencia del petróleo, debido a los innumerables productos que se elaboran  a partir del oro negro: plásticos, medicinas, combustibles, ceras, pinturas, fertilizantes, automóviles, aviones, y un largo etcétera, los cuales dan sustento a ese mundo actual, donde cada día hay más, para más gente, donde hay una intensa movilidad de personas, de inmigrantes centroamericanos que desde Estados Unidos envían sumas de dinero con los cuales ayudan a la economía de sus países de origen.

Quizás en el actual momento no sepamos cuál será la proyección en el tiempo de la revolución del más, de la movilidad, ni cuándo ni cómo comenzarán a detenerse sus efectos, ni cuando surgirán contracciones o estancamientos, si es que llegan a surgir. Pero todo ello es posible.

La sociedad precaria



El libro de Naím me parece excelente, está muy bien argumentado. Tiene como méritos indiscutibles numerosos datos estadísticos y económicos que permiten avalar los planteamientos sostenidos por el autor, así como una minuciosa concatenación de hechos, observaciones y razones  que convierten al autor en un agudo observador de lo que acontece casi en cada rincón del planeta, desde China hasta Argentina, desde Australia hasta Alaska.

Por momentos nos recuerda los escritos de Alvin Toffler (El Shock del Futuro), cuando insiste en los profundos cambios que están afectando al mundo, sobre todo en materia de tecnologías que están marcando una diferencia en la percepción que hay respecto al poder y al propio mundo.

Pero cuando pienso en la revolución del más, me vienen a la mente  las escenas de Mad Max, la célebre saga de George Miller que acaba alcanzar una cuarta versión, o las  lapidarias escenas de El país de las últimas cosas,  la célebre novela de Paul Auster (1987).

Desde su primera versión en los años setenta, Mad Max planteó un futuro apocalíptico para la humanidad, el surgimiento de una sociedad destartalada, donde escasea el petróleo, no existen los mínimos estándares de vida que hoy día exhiben las potencias de occidente, donde no hay esperanza de vida, donde la vida se esfuma rápidamente en una pelea sangrienta por conseguir un litro de gasolina.

No hay estados ni nada que se le parezca; gobiernan las tribus y los espacios públicos son “tierra de nadie”. Solamente los muy hábiles y los más fuertes logran existir. Es la secuela de una guerra mundial que casi acaba con la humanidad, que dejó unos seres en harapos que apenas sobreviven. Es un futuro que nadie desearía. Es un futuro que puede evitarse. 

Pero, ficticio y todo, parece recordarnos que toda esa idea de crecimiento infinito en la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, podría tener un techo, un límite. Lo cual supone una posibilidad contraria; menos en lugar de más, menos movilidad, y el surgimiento de una mentalidad diferente, en la cual aparecen valores e ideas como escasez, precariedad, ruralidad, escaso crecimiento de la población, vida en apuros, supervivencia como consigna central. Algo de esto ya hemos visto en sistemas socialistas que fracasaron rotundamente en Cuba y la Unión Soviética. Es un poco lo que está pasando en la Venezuela actual, un país que pasó de la borrachera de los petrodólares (muy mal administrados) a la escasez y precariedad. "Por fortuna", dicen, “todavía no hemos llegado a comer ratas”.

En Mad Max, la causa del desastre sería una guerra mundial, un hecho que aparentemente no tiene nada que ver con el modelo de desarrollo, pero que, sin embargo, indirectamente podría relacionarse a ese modelo. Porque en esa ficción las potencias trataron de imponerse para apropiarse de los recursos estratégicos. Podría tratarse de China, Rusia, Estados Unidos. En cierto sentido, Mad Max es como la antípoda de la revolución del más y de la movilidad. Los motorizados van y vienen todo el día, pero en un espacio limitado, porque deben estar cerca de una fuente de combustible.

Un escenario como el planteado como George Miller significaría todo lo contrario: menos de todo y para menos personas; menos movilidad para un gentío que no tiene acceso al petróleo o alguna forma de energía, que no puede construir una bicicleta o una moto de latón.  Hablamos de un cambio de mentalidad como el que ha experimentado la humanidad en distintos momentos, cuando hubo recesión, pandemias o guerras. Ya Europa vivió pestes unos siglos atrás que mermaron la población y paralizaron el progreso.

La sociedad precaria de Mad Max tal vez no es simplemente una entelequia, una profecía más del cine de ficción. Ella existe en forma muy parcial en los sectores pobres de América Latina, Asia y África que tienen como habitación viviendas precarias, construidas con palos, zinc y otros materiales recogidos en la vía; existe en los muchachos venezolanos que construyen chopos (armas) con pinzas, alicates, tubos y resortes; en las familias que sustituyeron la electricidad por los velones porque no hay electricidad, que hacen fogatas para preparar el almuerzo, porque falla el suministro de gas.  Cosas que, por cierto, son el pan de cada día en esta Venezuela misteriosamente petrolera, que llegó a ser el primer exportador de oro negro en los años veinte del siglo pasado y dice tener las reservas de petróleo más grandes  del orbe.

El modelo de Naím y el antimodelo (Mad Max)

Modelo de Naím
Antimodelo (tipo Mad Max)
Más
Aumento del número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones.
Menos
Las tasas de crecimiento en algunos indicadores podrían estancarse o retroceder
Movilidad
Hay más de todo. “Ese ‘más’  (gente, productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca  y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles”
Atascamiento
Al escasear la energía y los recursos naturales se dificulta la movilidad así como la producción, distribución y consumo de bienes y servicios
Mentalidad: transformación, abundancia y movilidad
“Refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.
Sociedad precaria y estática
Mentalidad de sociedad precaria y escasez, donde puede haber pocas transformaciones. La producción de bienes y servicios es casi nula, la gente no puede moverse mucho. La consigna es sobrevivir.

20-06-2015

El fin del poder (1): tanto poder para nada

Moisés Naím plantea en El fin del poder (2014) que la concepción respecto al poder ha cambiado drásticamente en los últimos años, de modo que los pequeños actores pueden derrotar  a los grandes actores sin hacer alarde de recursos, tradición e historia. Pero esta situación implica una degradación del poder como tal, la cual podría conducir a una situación en la que nadie manda a nadie,   a un auténtico "caos” mundial 


HJQ

Siempre se espera mucho de los poderosos. Pero el poder ha cambiado de manera drástica en los últimos tiempos, al punto que muchas veces los líderes y las sociedades se crean expectativas en torno a gobernantes e instituciones cuyas ejecutorias tienen un impacto muy inferior al que se esperaba.  

Este es un rasgo típico, por cierto, de los gobernantes latinoamericanos que llegan al palacio de gobierno montados sobre una gigantesca ola que combina promesas y expectativas, pero abandonan el  trono por la puerta de atrás, entre chiflas y reclamos, porque no produjeron los resultados esperados por ellos mismos, ni por las desengañadas multitudes.

El drama es un aspecto medular del libro de Moisés Naím, El fin del poder, publicado por Random House Mondadori (2014).El texto plantea que la concepción del poder está cambiando debido a las transformaciones que está viviendo el planeta generadas por tres revoluciones que se expresan en los términos siguientes:

 “Todos estos cambios los agrupo en tres categorías de transformaciones revolucionarias que, a mi juicio, definen nuestro tiempo: la revolución del más, que se caracteriza por el aumento de todo (el número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones); la revolución de la movilidad, que capta el hecho de que no sólo hay más de todo sino que ese ‘más’  (gente , productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca  y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles, y la revolución de la mentalidad, que refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.

Estos cambios, como sugiere el autor, han repercutido en la concepción respecto al poder.

El poder real y el poder aparente

Naím plantea la enorme brecha entre la percepción que hay respecto al poder  y el poder real, entre lo que aparenta el poder y la realidad del poder. Todo ello es, por supuesto, una consecuencia de las transformaciones antes mencionadas.

El autor subraya que si bien los poderosos siguen existiendo, tienen cada vez más limitaciones para ejercer el poder que sin duda poseen, porque para tomar decisiones deben enfrentar una serie de obstáculos, grupos de interés y sectores que pese a ser “pequeños” en el papel (“micropoderes”) pueden sabotear y echar por la borda los propósitos de los grandes actores.

Las limitaciones que viven los poderosos, señala, se ven en el plano internacional, escenario donde el poder militar de las potencias en la actualidad “cuenta menos que antes”, cuando van a la guerra, pues tendrán que lidiar con adversarios escurridizos que tienen menos recursos pero son muy hábiles.

Los conflictos asimétricos, protagonizados por actores de distinto nivel, por ejemplo, pueden decidirse más por las estrategias políticas y militares que por el uso de la pura fuerza militar, afirma Naím. Es el caso típico de pequeñas organizaciones guerrilleras y terroristas que pueden provocar enormes daños a poderosos ejércitos, y escabullirse, así como sembrar el terror e incertidumbre en las metrópolis de las potencias, y obligar a sus estados a gastar fortunas en medidas de seguridad que tal vez no logren su objetivo.

Pensemos por un instante en el terror que ha provocado en Francia el atentado contra el semanario Charlie Hedbo, ocurrido en enero pasado. Los ejecutantes del atentado lograron generar máximo temor al menor costo, máximo impacto publicitario al menor costo. No necesitaron portaaviones ni una inmensa flota de drones.  

En la política, como en el mundo empresarial y los negocios, hay nuevos y pequeños actores que desafían a los grandes poderes, a las grandes empresas. Ciberterroristas, piratas informáticos, delincuentes y falsificadores son actores que afectan a los poderosos. Y no necesitan de grandes  recursos. 

Naím cita el caso de Edward Snowden y Wikileaks, lo define como “un nuevo tipo de poder”, lo ubica dentro de los “micropoderes”, afirma que este tipo de actor tiene capacidad de desafiar con éxito a los grandes, y ya no depende del tamaño, la geografía, la historia ni la tradición para tener influencia. 

Estas observaciones llevan a Naím a sostener que “a los actores tradicionales les costará cada vez más tener el poder al que aspiran o incluso el que siempre han tenido”.

El caos

Pero estos cambios ocurridos en el poder pueden generar caos, sostiene Naím. En efecto, el autor señala que la degradación del poder que experimentan los grandes actores afecta al mundo, a los países, a las sociedades, puede crear desorden y parálisis ante problemas complejos”.

Con la degradación del poder, dice Naím, puede surgir la anarquía. Los pequeños pueden “vetar, contrarrestar, combatir y limitar el margen de maniobra de los grandes”. De allí que la degradación del poder pueda generar caos, una guerra de todos contra todos, dice el autor, apoyándose en Hobbes. Sí, una situación en la que hay un poder “disperso, diseminado y descompuesto” y donde es difícil decidir. No se toman decisiones, se toman tarde o “se diluyen hasta ser ineficaces”.


Una situación que invita al caos.

2-06-2015


Representaciones, cambio social y concursos de belleza

Una representación idealizada de la mujer venezolana es usual en la artesanía que combina lo popular con el discurso de los concursos de belleza 

Pese a su “frivolidad”, el concurso Miss Venezuela ha generado cambios en la mentalidad de la población: la modificación del cuerpo como práctica cotidiana, la creencia en la superioridad de la belleza de la mujer venezolana y una autorepresentación distante de la realidad fenotípica con insinuaciones de “identidad nacional”

HJQ

Algunas prácticas colectivas, a veces consideradas frívolas e intrascendentes, suelen decirnos mucho más sobre el comportamiento real de la gente que ciertos hechos y procesos políticos, incluso son generadoras de más cambios que las hipotéticas revoluciones políticas.  

Es el caso del concurso Miss Venezuela, un fenómeno cultural en apariencia inofensivo. Con casi cincuenta años de vida, este concurso ha contribuido a cambiar modos de pensamiento y actitudes en el grueso de la población, pero además, ha preparado a esa población para adaptarse a la permanente noción de cambio en aspectos de la vida tales como el cuerpo, la autoestima y la autorepresentación. 

En efecto, este concurso impulsó toda una subcultura de la belleza que ha tenido un enorme impacto en la proliferación de cirugías y tratamientos estéticos detrás de los cuales se esconden aspectos nada despreciables: primero, que no pocas mujeres venezolanas nieguen sus rasgos naturales, y, segundo, que busquen modificarlos casi al precio que sea.

Es una práctica también extendida en países como Brasil, Argentina y Colombia, que no existía hace varias décadas, cuando Fidel Castro llegó al poder (1959), época en la que la flamante ganadora del Miss Venezuela no acudía al quirófano para alterar su estampa, ni sentía ser la representante de una casta de mujeres “superiores”, que casi no tenían competencia en el planeta. Por aquellos tiempos la reina era una señorita más o menos rellenita, de estatura mediana, con escaso maquillaje y poco pretenciosa.

Y hay más. Este concurso ha sembrado en la población la idea de aceptar la transformación artificial del cuerpo como una característica natural de los tiempos que vivimos y vendrán, lo cual, por cierto, pudiera anticipar las transformaciones de mayor envergadura que ya se anuncian para el futuro. Nos referimos a la colocación de chips dentro del organismo, cirugías y trasplantes más radicales, entre otras modalidades que inauguran una nueva etapa en el largo caminar del homo sapiens. Una nueva etapa jamás pensada por Lenin o el Che Guevara, por Emiliano Zapata o Marulanda; un mundo soñado por futuristas, legitimado por el incontenible avance de la medicina, la ciencia, la tecnología y la imaginación desbordada.

El concurso Miss Venezuela (al igual que los certámenes homólogos realizados en Colombia, Brasil, Argentina) dejó sembrada la idea de modificar el cuerpo como una práctica cotidiana, normal, que luce muy atractiva en los tiempos que vienen. Fue un cambio sin gritos, sin balas, sin derramamiento de sangre, una mudanza más contundente y duradera que la metamorfosis insinuada por supuestas revoluciones políticas y sociales que en el fondo no cambian nada, aunque sacrifican miles de vidas, tiempo, propaganda y dinero. 

Las reinas de belleza se han convertido en parte de la "identidad nacional"
Hay revoluciones políticas que no cambian nada, es lo que acontece con la denominada Revolución Bolivariana, proceso que parece estar llegando a su fin tras la brutal caída de los precios del petróleo y el agotamiento de su oferta de expectativas para las grandes mayorías.  Este proceso no ha logrado cambiar aspectos medulares de la sociedad venezolana, por el contrario, ha profundizado valores y rituales muy tradicionales: el rentismo petrolero, el estatismo, el culto a Bolívar, el militarismo y el populismo

En un momento la Revolución Bolivariana pretendió modificar esta subcultura de la belleza impulsada por el Miss Venezuela y la economía mundial de los cosméticos y las cirugías, al establecer reglas severas para la importación de productos del sector y criticar duramente la estética de las pasarelas. También promovió una suerte de “mujer socialista” de rasgos e imagen muy distintos a los estereotipos clásicos de mujeres esbeltas que predominan en el discurso del Miss Venezuela y los medios. Pero a la larga todo siguió como antes: la “frivolidad” continúa reinando, a su manera, para bien o para mal.


El Nuevo País (a la izquierda), periódico de oposición al chavismo, nos muestra un estereotipo clásico de reina de belleza, de mujer sexy, propia de la industria de los cosméticos, los tratamientos estéticos, el gimnasio y las cirugías. El Diario Vea (a la derecha), inscrito en la corriente chavista, exalta a la mujer socialista, muy distinta a la anterior en los rasgos y los atuendos. 

Otros cambios

Otros de los cambios generados por el Miss Venezuela tampoco son despreciables: en primer lugar, los venezolanos piensan que sus compatriotas son las mujeres más hermosas del mundo, que son “superiores” a sus homólogas de otras latitudes.  Esta creencia etnocentrista nació de los numerosos títulos conquistados por sus reinas de belleza en diferentes concursos internacionales. Se trata de una poderosa creencia, de una autopercepción y una autoimagen muy arraigada en la población, al punto que para muchos venezolanos es parte de la identidad nacional.

Lo curioso es que el Miss Venezuela, al menos en lo interno de la sociedad, sirvió como mecanismo para prolongar y encauzar la discriminación étnica o “racial” de una manera disfrazada y  elegante. Los numeritos no mienten.  Casi todas las chicas que se han alzado con la corona pueden ser catalogadas de blancas, mestizas, menos de “afrovenezolanas”, porque la piel “negra” brilla por su ausencia en este certamen. En Colombia y otros países sucede más o menos lo mismo. El chavismo en parte denunció estas prácticas y estableció la Ley Orgánica contra la Discriminación Racial (2011) para superarlas, pero no logró las ansiadas modificaciones de la conducta.

En este aspecto no se puede hablar de cambio social ni nada por el estilo. El concurso lo que hizo fue dar un nuevo ropaje a un viejo problema que en parte fue heredado de los tiempos coloniales.

El concurso Miss Venezuela también es una representación de una mujer formateada, que existe en la publicidad, en el mercadeo, en la televisión, cuyos rasgos no son los que predominan en el grueso de la población. Pero eso no puede ser visto necesariamente a través de juicios de valor. Se trata de una autorepresentación que busca exaltar unos atributos o supuestos atributos, y ocultar algunas flaquezas individuales y colectivas.

En los últimos años, el Miss Venezuela ha perdido fuerza en materia de publicidad, producción e inversión económica, pero sigue ganando terreno en el plano de las representaciones sociales. Salió de la pantalla chica y pasó a ser una opción en las representaciones y autorepresentaciones de las mises (y de la mujer venezolana) construidas en la artesanía popular, o tal vez no tan popular, que entremezcla el mercadeo, la cultura mediática, la realidad y la ilusión.  

21-03-2015



Díaz Rangel y la lucha por la libertad de expresión



El tema de la libertad de expresión en Venezuela ha copado la atención de la opinión pública internacional. Algunos expertos como Carlos Correa y Marcelino Bisbal consideran que esta libertad ha sido cercenada en los últimos años, debido principalmente a las presiones gubernamentales. Otros, entre ellos el periodista Eleazar Díaz Rangel, recientemente señalaron que dicha libertad no estaba amenazada en el país.

Díaz Rangel, quien se desempeña como director de Ultimas Noticias, siempre fue un defensor a ultranza de la libertad de expresión. Ese era su leit motiv en la cátedra de Teoría de la Información que dictaba en la Escuela de Comunicación Social (UCV), hace varios lustros.

En un discurso que pronunció en 1969, publicado por la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP), dejó algunas consideraciones que pueden dejar perplejos a muchos en la actualidad, debido a la posición que ha sostenido sobre esta materia en los últimos tiempos:  

“Cuando se lucha contra el Estado, como factor que afecta, restringe o mutila la libertad de expresión, sabemos bien contra quien luchamos, no vacilamos en cuanto a los métodos de lucha, la gente nos comprende bien, no es necesario explicar qué significa una junta de censura  ni buscar apoyo para pedir la libertad de un periodista o para protestar para la clausura de un periódico o por el atropello a un fotógrafo…el gremio está acerado en estos combates que desde 1936 viene librando en forma organizada y permanente; ha obtenido importantes victorias, ha obligado a gobiernos a retroceder en sus intentos de hacer aprobar leyes de prensa. En una palabra, estamos preparados para ese enfrentamiento”.

07-03-2015
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Tomado de ¿Existe en Venezuela la Libertad de Prensa? Ediciones de la AVP, Distrito Federal, 1969, pp. 15 y 16.

La otra cara de las transnacionales petroleras


Quedarse con el estereotipo del “ave de rapiña” es como congelar la historia y ver las cosas desde un ángulo interesado y trasnochado

HJQ

En la historia venezolana y latinoamericana es palpable la presencia de un poderoso estereotipo respecto a las empresas transnacionales que participaron en la explotación del petróleo en el siglo XX. Un estereotipo  que todavía persiste en algunos públicos, que las pinta principalmente como  voraces aves de rapiña que saquearon los recursos de las naciones latinoamericanas, a las que además dejaron pocos beneficios. Una imagen congelada que ha viajado hasta nuestros días.

Como sabemos, en los comienzos de la era petrolera en Venezuela, por citar un caso emblemático en la región, no faltaron las triquiñuelas en las que participaron habilidosos representantes de las compañías transnacionales y ambiciosos funcionarios de Estado, entre ellos el propio general Juan Vicente Gómez, presidente de la república entre 1908 y 1935, que lograron grandes e ilícitos beneficios personales  a costa de la explotación del denominado oro negro.

En parte, estos turbios manejos se explican porque en Venezuela se sabía poco de petróleo, no había un conocimiento técnico sobre la explotación y administración del valioso recurso, por lo cual se dieron todo tipo de jugarretas, entre ellas las célebres ventas de concesiones otorgadas por el Estado a particulares, a través de las cuales muchos se enriquecieron. 

Pero sería erróneo poner la mirada únicamente en los negocios turbios, y en lo que cierto discurso ha denominado “saqueo de la nación”, como también sería absurdo quedarse en aquel momento histórico y cerrarse a los nuevos horizontes que surgieron en la evolución de esta industria.

Además de meterle el hombro al petróleo, con su conocimiento, tecnología y recursos a granel, las empresas transnacionales desarrollaron iniciativas que permitieron mejorar la calidad de vida de la población local, a través de la construcción de viviendas, centros de salud, campos deportivos y escuelas. Igualmente dieron incentivos a la actividad cultural, las artes plásticas, la música, entre otros quehaceres que estaban en condiciones paupérrimas y eran ignorados en un país rural, analfabeta, campesino, que poco a poco iba incorporándose a la modernidad. La legendaria revista El Farol, entre otras publicaciones de la industria petrolera venezolana, recoge valiosos testimonios sobre el surgimiento de estos nuevos y alentadores horizontes.   

El hecho de que durante décadas un vasto sector de la población venezolana no recibiera importantes beneficios de la explotación petrolera es un problema que no puede atribuirse principalmente o exclusivamente a las transnacionales del oro negro. Se debió, en gran medida, a que el Estado venezolano no estableció reglas claras que profundizaran la relación entre la nueva fuente de riqueza y la prosperidad de la colectividad. Y se debió, también, a que los gobiernos de turno no administraron en forma eficiente esa riqueza. De manera que endosarle la responsabilidad de la pobreza a las transnacionales es simplemente una argucia de un discurso interesado.

En México, la empresa estatal PEMEX, hundida durante años en corruptelas y malos manejos administrativos, advertida por la caída de las reservas petroleras mexicanas y el complejo  mercado petrolero internacional, volverá a ser socia de compañías  transnacionales maltratadas en el discurso ultra nacionalista de ayer. No le queda otra salida. Lo entendieron: las transnacionales son necesarias en el complejo negocio petrolero, porque manejan recursos y experiencia. El secreto está en crear reglas claras que beneficien a las partes, a la colectividad, y en administrar en forma acertada los frutos del negocio.

La experiencia ha demostrado que en el negocio petrolero no siempre los nacionalismos radicales dieron los mejores frutos a la colectividad, y que puede ser más provechoso para esa colectividad la explotación del petróleo por parte de una empresa privada (nacional o transnacional) que produce, rinde cuentas y beneficios a una país, que una empresa pública “nacionalista”, corrupta y quebrada, confiscada por el partido de gobierno, que bajo la excusa de ser muy soberana y muy patriota, dilapida la riqueza y no rinde cuentas a nadie.  

Las petroleras fueron clave en la modernización del Venezuela. Sería absurdo obviarlo. Quedarse con el estereotipo del ave de rapiña es como congelar la historia y ver las cosas desde un ángulo interesado y trasnochado. 

13-02-2015 

Reproducido en Petróleo América
http://www.petroleoamerica.com/2015/02/la-otra-cara-de-las-transnacionales.html