La otra cara de las transnacionales petroleras

Campo petrolero en  el estado Zulia, entre los años veinte y treinta del siglo XX

Quedarse con el estereotipo del “ave de rapiña” es como congelar la historia y ver las cosas desde un ángulo interesado y trasnochado

HJQ

En la historia venezolana y latinoamericana es palpable la presencia de un poderoso estereotipo respecto a las empresas transnacionales que participaron en la explotación del petróleo en el siglo XX. Un estereotipo  que todavía persiste en algunos públicos, que las pinta principalmente como  voraces aves de rapiña que saquearon los recursos de las naciones latinoamericanas, a las que además dejaron pocos beneficios. Una imagen congelada que ha viajado hasta nuestros días.

Como sabemos, en los comienzos de la era petrolera en Venezuela, por citar un caso emblemático en la región, no faltaron las triquiñuelas en las que participaron habilidosos representantes de las compañías transnacionales y ambiciosos funcionarios de Estado, entre ellos el propio general Juan Vicente Gómez, presidente de la república entre 1908 y 1935, que lograron grandes e ilícitos beneficios personales  a costa de la explotación del denominado oro negro.

En parte, estos turbios manejos se explican porque en Venezuela se sabía poco de petróleo, no había un conocimiento técnico sobre la explotación y administración del valioso recurso, por lo cual se dieron todo tipo de jugarretas, entre ellas las célebres ventas de concesiones otorgadas por el Estado a particulares, a través de las cuales muchos se enriquecieron. 

Pero sería erróneo poner la mirada únicamente en los negocios turbios, y en lo que cierto discurso ha denominado “saqueo de la nación”, como también sería absurdo quedarse en aquel momento histórico y cerrarse a los nuevos horizontes que surgieron en la evolución de esta industria.

Además de meterle el hombro al petróleo, con su conocimiento, tecnología y recursos a granel, las empresas transnacionales desarrollaron iniciativas que permitieron mejorar la calidad de vida de la población local, a través de la construcción de viviendas, centros de salud, campos deportivos y escuelas. Igualmente dieron incentivos a la actividad cultural, las artes plásticas, la música, entre otros quehaceres que estaban en condiciones paupérrimas y eran ignorados en un país rural, analfabeta, campesino, que poco a poco iba incorporándose a la modernidad. La legendaria revista El Farol, entre otras publicaciones de la industria petrolera venezolana, recoge valiosos testimonios sobre el surgimiento de estos nuevos y alentadores horizontes.   

El hecho de que durante décadas un vasto sector de la población venezolana no recibiera importantes beneficios de la explotación petrolera es un problema que no puede atribuirse principalmente o exclusivamente a las transnacionales del oro negro. Se debió, en gran medida, a que el Estado venezolano no estableció reglas claras que profundizaran la relación entre la nueva fuente de riqueza y la prosperidad de la colectividad. Y se debió, también, a que los gobiernos de turno no administraron en forma eficiente esa riqueza. De manera que endosarle la responsabilidad de la pobreza a las transnacionales es simplemente una argucia de un discurso interesado.

En México, la empresa estatal PEMEX, hundida durante años en corruptelas y malos manejos administrativos, advertida por la caída de las reservas petroleras mexicanas y el complejo  mercado petrolero internacional, volverá a ser socia de compañías  transnacionales maltratadas en el discurso ultra nacionalista de ayer. No le queda otra salida. Lo entendieron: las transnacionales son necesarias en el complejo negocio petrolero, porque manejan recursos y experiencia. El secreto está en crear reglas claras que beneficien a las partes, a la colectividad, y en administrar en forma acertada los frutos del negocio.

La experiencia ha demostrado que en el negocio petrolero no siempre los nacionalismos radicales dieron los mejores frutos a la colectividad, y que puede ser más provechoso para esa colectividad la explotación del petróleo por parte de una empresa privada (nacional o transnacional) que produce, rinde cuentas y beneficios a una país, que una empresa pública “nacionalista”, corrupta y quebrada, confiscada por el partido de gobierno, que bajo la excusa de ser muy soberana y muy patriota, dilapida la riqueza y no rinde cuentas a nadie.  

Las petroleras fueron clave en la modernización del Venezuela. Sería absurdo obviarlo. Quedarse con el estereotipo del ave de rapiña es como congelar la historia y ver las cosas desde un ángulo interesado y trasnochado. 

Comunicación Social al borde del abismo


La profesión está amenazada por la crisis económica, las presiones a empresas del sector, las nuevas tecnologías  y el desempleo, pero entre 30 mil y 40 mil jóvenes estudian la carrera, según cifras extraoficiales 

El proyecto de ley que propone que "cualquiera es comunicador" podría ser otro duro golpe


HJQ

La carrera comunicación social ha entrado en una fase crítica en Venezuela, porque su futuro luce más incierto que nunca, a pesar de los 30 mil  o más estudiantes que la cursan en universidades. Está al borde del abismo.  

La crisis económica, la escasez de dólares y las presiones políticas han afectado la estabilidad de las empresas del sector, así como la disminución de oportunidades de trabajo para miles de egresados de universidades. 

A ello hay que el auge de las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), las cuales impulsan el surgimiento de "periodistas ciudadanos" y ponen en entredicho, aunque de manera parcial, la profesión de comunicador social.

¿Qué es un comunicador social? ¿Cómo se diferencia de un ciudadano cualquiera? ¿Cómo se diferencia de un don nadie que edita un blog, un portal, que produce vídeos y los difunde? ¿Qué tan especializado es un comunicador social? ¿La comunicación social es simplemente un oficio que puede aprenderse en una serie de cursos básicos?

Estas y muchas preguntas más rondan en un ambiente sumergido en incertidumbre.


Miles de comunicadores...

En el año 2008 más de 28 mil jóvenes estudiaban comunicación social en diferentes universidades del país, según reveló una investigación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). (1) 

Pero esta cifra podría seguir creciendo, debido a que para algunas instituciones privadas esta carrera es simplemente una fuente de ingresos nada despreciable, por su alta demanda entre los jóvenes. Entre expertos del sector se comenta de manera informal que probablemente haya entre 30 mil o 40 mil jóvenes cursando estos estudios.  

Un estudio  realizado en 2010 por la UCAB, determinó que en las 17 escuelas de comunicación social que hay en el país, había 47 mil estudiantes inscritos, de los cuales miles ya egresaron. (2) 

El catedrático Antonio Pasquali, experto en el área por casi medio siglo y reconocido en la comunidad internacional, planteó una idea controvertida a Prodavinci. Que las escuelas de comunicación social sean cerradas, repensadas y refundadas. (3) 

En una entrevista a ese medio, expresó: “Creo que en América Latina existe un gran drama. Tenemos casi 2.500 escuelas de comunicación social en todo el continente y eso es terrible, porque terminan repitiéndose las unas a las otras. Hay que reformarlo todo. Tengo diez años diciéndolo: hay que cerrar las escuelas de comunicación y refundarlas”.

Pasquali mostró su visión del problema: “Mi visión es que podrán entrar sólo gente con un título universitario como médicos, abogados, historiadores, literatos, semiólogos, aviadores, cirujanos, etcétera, que tengan el interés de querer comunicar lo que ellos saben será una especialización más”.



Cualquiera...

Recientemente el editor Gastón Guisandes presentó a la subcomisión de medios de la Asamblea Nacional otro elemento que añade más leña al fogón: el Proyecto de Ley de la Comunicación Social, el cual   prácticamente establece en su artículo 2  que cualquiera puede ser comunicador social”. (4) Esto supone que no es necesario cursar estudios en la universidad. 

Ardió Troya. La propuesta no prosperó, por ahora, y fue rechazada por periodistas, el Colegio Nacional de Periodistas, especialistas del sector, estudiantes universitarios, entre otros dolientes.

Este proyecto recoge una vieja idea que viene circulando en el chavismo: cualquiera es comunicador, no necesita un título universitario para ejercer la profesión o, en todo caso, para informar y "hacer" comunicación social.

Las diferencias existen

Los comunicadores manejan una serie de técnicas y conceptos mejor que muchos ciudadanos no especializados, aunque las distancias entre unos y otros a veces se acortan, como se ve en el caso de las redes sociales, donde cualquiera pretende fungir de  "periodista" al difundir "noticias", contenidos y fotos.  

Sin embargo, la naturaleza del medio, las plataformas, los contextos y otros elementos, seguramente contribuirán a esclarecer el panorama con el paso del tiempo. Además, hay que considerar que la comunicación social como profesión abarca un espectro mucho más amplio y profundo que difundir contenidos a través de Twitter, o colocar vídeos en You Tube. 

Por los momentos, la iniciativa de Guisandes no triunfó, pero si lo hace más adelante, podría convertirse en otro duro golpe para una profesión que está al borde del abismo. 

Fuentes: 


(2) Estudio realizado por Carlos Flores y Agrivalca Canelón en Proyecto de Especialización en gestión de la comunicación integral  del postgrado en Comunicación Social de la UCAB (2010).



Estudiantes critican pensum de bachillerato


Cuestionan asignaturas como Geografía Económica y Cátedra Bolivariana, porque repiten contenidos. De hecho, proponen eliminarlas del pensum.

Advierten que Instrucción Premilitar en teoría busca reforzar los valores patrios, el sentido de disciplina, pero en la práctica intenta militarizar al estudiante  y favorecer al gobierno

Piden más materias electivas como  economía o contabilidad,  que permitan iniciar negocios o satisfacer intereses personales

HJQ

No pocos bachilleres están inconformes con el pensum académico que culminan estos días. Lo critican a más no poder. 

Lo critican porque presenta materias cuyos contenidos se repiten a lo largo de los años, o porque poseen un enfoque político tendencioso, que favorece al gobierno. 

Lo critican porque no ofrece asignaturas sobre cómo iniciar un negocio o una empresa,  cuando se viven tiempos de desempleo, recesión e inflación. Y lo critican porque no da la oportunidad de escoger asignaturas que respondan a los intereses personales de los propios educando. 

Así lo refleja un breve cuestionario realizado en mayo pasado a 30 estudiantes de 5to año de un colegio privado, que fueron divididos en 7 grupos. El cuestionario buscó profundizar un poco la opinión de los jóvenes sobre el pensum justo cuando el ministerio de Educación realiza una encuesta  a escala nacional sobre la calidad de la enseñanza.

Asignaturas que sobran en el pensum

¿Acaso todas las asignaturas se justifican? ¿Cuáles asignaturas deberían ser eliminadas del pensum de estudio y por qué?, fueron algunas de las preguntas realizadas a los jóvenes.

La mayoría coincidió en denunciar la existencia de asignaturas cuyo contenido se repite a lo largo de los años, por lo cual, se pierde el tiempo. Tal es el caso de Geografía Económica, Cátedra Bolivariana e Instrucción Premilitar.

El grupo B señaló que el contenido de Cátedra Bolivariana se ve en Historia de Venezuela: “Se debería eliminar ya que esta se encuentra incluida generalmente en Historia de Venezuela”.

El caso de Cátedra Bolivariana puede resultar paradójico, por cuanto el país está viviendo un poderoso despliegue propagandístico del culto a Bolívar.  Esta asignatura se instauró en 1983 como un homenaje al bicentenario del natalicio del  Libertador. Pero 30 años después, el nombre de Bolívar está tan manoseado y ruleteado que algunos estudiantes aborrecen al prócer, e incluso critican que los fundamentos de la República se basen en un hombre (Simón Bolívar) y no en unos principios republicanos propiamente dichos.

A propósito de estas observaciones, más allá de las opiniones de los estudiantes, ciertamente cabría preguntarse también por qué en esta asignatura no se abordan contenidos que ofrezcan una mirada crítica a lo que Manuel Caballero denominó “la religión bolivariana”,  a través de obras como El Culto a Bolívar (Germán Carrera Damas) o El Divino Bolívar (Elías Pino Iturrieta). ¿Un sacrilegio?

Geografía Económica también fue bombardeada por los jóvenes. El grupo C señaló que esta materia repite gran parte de los conocimientos vistos en Geografía de Venezuela (9no grado) al igual que Instrucción Premilitar de 5to año prácticamente se convierte en un remake de los contenidos tratados en 4to año.

A propósito de ello, el grupo C indicó: “…el contenido de diferentes asignaturas a través de los años es  muy repetitivo… somos obligados a repetir una y otra vez las actividades que se desarrollan en la zona Costa Montaña de Venezuela…”

Los grupos ven con buenos que se ofrezca al estudiante la posibilidad de escoger asignaturas o conocimientos que más le interesen, después de completar ciertos requisitos, con clases de administración, derecho, economía y otras opciones. Incluso, el grupo B planteó incorporar economía o contabilidad “ya que es de mucha ayuda si se quiere surgir con algún negocio o una empresa”.

¿Malandros uniformados?

Este fue un año marcado por disturbios y protestas a granel. En este contexto la asignatura Instrucción Premilitar, la cual se cursa en 4to y 5to año,  a veces parecía una burla al estudiantado, porque todo lo que planteaba su programa (y el libro de texto) contrastaba dolorosamente con lo que de manera simultánea ocurría en las calles.

En efecto, los cuerpos de seguridad que enfrentaron a los estudiantes en las calles cometieron todo tipo de abusos, demostraron, una vez más, que el Estado de Derecho es letra muerta, al igual que los conceptos utópicos planteados en la asignatura de marras. Docenas de jóvenes fueron apresados y golpeados por los cuerpos de seguridad, los cuales constituyen un punto central de la referida materia. De hecho, en el salón de clases se llegó a pensar que estos organismos (y el Estado mismo) actuaban como malandros uniformados.

La mayor parte de los grupos aceptó la asignatura porque permite conocer aspectos  sobre el funcionamiento correcto de las instituciones del Estado, pero cuestionaron seriamente su enfoque

El grupo B explicó que “…dicha materia contiene una alta tendencia política favorecedora al gobierno, que auspicia el culto al militarismo y a la militarización del estudiantado y el ciudadano. Somos una sociedad en la cual el militar ha tenido una gran relevancia histórica, no siempre satisfactoria para el ejercicio de la democracia”. También señaló que la materia busca  “mantener el concepto de la sociedad comandada por el caudillo”.  

El grupo A propuso eliminarla del pensum: “Consideramos que no existe ninguna justificación ni argumento para dictar esta cátedra en ninguno de los años escolares. La práctica y el conocimiento militar no deberían ser una obligación, sino que el estudio de ésta, al igual que todas las carreras, debería ser una elección libre en base al gusto de la persona. También concordamos en que esta materia debería ser reemplazada por una que se encargue de brindar una educación cívica, es decir, la formación ciudadana dirigida hacia la convivencia social, las obligaciones y derechos de quienes la conforman, los aspectos culturales del país, las leyes, entre otros, evadiendo el aspecto militar”.

En fin, son opiniones razonadas. Como la muestra del cuestionario es muy pequeña no permite hacer proyecciones a escala regional o nacional, no obstante ofrece aspectos cualitativos que pueden servir para comprender lo que tal vez late en la mente de millones de bachilleres.

¿Escuchará el ministerio de Educación las peticiones de estos y otros estudiantes que piensan de la misma manera?



Solo el tiempo lo dirá. 

¿Un siglo perdido?


HJQ

Este año la industria petrolera venezolana cumple 100 años de actividades. El centenario seguramente será motivo de celebraciones e iniciativas bañadas de orgullo patrio, pero podría despertar cierto sabor a desazón y paradoja, por una razón obvia: el país no ha logrado superar su histórica dependencia del oro negro, y en este contexto, hay quienes creen que de hecho se perdió un siglo mientras se desarrollaba la interminable retórica en torno al aprovechamiento del valioso recurso natural.

Aunque el petróleo fue explotado en Venezuela hacia 1880 por la compañía Petrolia del Táchira, oficialmente se considera el inicio de su explotación el año 1914, cuando hizo su estreno el pozo Zumaque 1, en el estado Zulia, hecho que despertó enorme interés internacional.

Para 1926, el hidrocarburo ya era procesado por empresas trasnacionales y arrojaba la mayor parte de los ingresos al fisco nacional. En ese momento Venezuela fungía como uno de los principales exportadores de petróleo. El país comenzaría a acometer grandes transformaciones en materia de servicios, educación, infraestructura y economía. Atrás quedaba la Venezuela agrícola y rural.

Pero desde el principio existieron, y con sobradas razones, voces de alerta respecto a la incidencia del petróleo en la mentalidad colectiva. En los años cuarenta Uslar Pietri, por ejemplo, apuntó que esa incidencia era tan  demoledora que prácticamente la sociedad venezolana se había incorporado al petróleo (y no al revés).

Uslar, incluso, fue más allá. También advirtió sobre la posibilidad de que el país se convirtiera en un "parásito del petróleo", en un ente que viviría a expensas del hidrocarburo y no haría más nada en su relajada existencia.

Pues bien, los hechos en parte la dieron la razón al escritor. Ha pasado un siglo desde 1914 y Venezuela sigue dependiendo del petróleo. Es más, esa dependencia se ha acentuado, lo que sin duda constituye un imperdonable retroceso.

El caso puede ser motivo de vergüenza, cuando nos comparamos con otras naciones no petroleras de América Latina y Europa, las cuales, durante ese mismo lapso, tuvieron menos ingresos pero alcanzaron niveles de desarrollo superiores a los que exhibe Venezuela.

El historiador Manuel Caballero siempre insistía en la necesidad de destacar los logros de Venezuela en el siglo XX, entre ellos la paz, la democracia, la masificación de la educación y el voto de la mujer, para contraponerlos a quienes menospreciaban tales conquistas.


La industria petrolera entra en este juego de percepciones e interpretaciones. Sin duda, es uno de los principales logros del siglo XX, y sigue siendo el eje más importante sobre el cual descansa la vida venezolana. Pero en este momento del devenir la situación venezolana debería ser otra, mucho más favorable y esperanzadora, menos dependiente del oro negro, en fin, menos "parasitaria".


Versión original publicada en El Universal, 19 de mayo de 2014.
http://www.eluniversal.com/opinion/140519/un-siglo-perdido

Parásitos del petróleo (*)

Venezuela ha profundizado su dependencia de la industria petrolera iniciada a principios del  siglo XX

Uslar Pietri lo advirtió hace medio siglo: había que poner fin a la dependencia petrolera y desarrollar otros sectores de la economía, para no convertirnos en parásitos del oro negro.  “Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”. 

Danny Klauss
Para el gobierno nacional la economía resulta ser una operación muy sencilla, tan fácil, que hasta las mentes menos lúcidas y esclarecidas pueden ejecutarla con destreza: se trata básicamente de abrir y cerrar la producción petrolera en función de los precios que fije la OPEP. Luego se cobran los petrodólares y finalmente se “administran”. Eso es todo.
Este es el modelo propio de un país tercermundista, incapaz de estimular otras industrias y otros modelos de desarrollo. Este es el perverso camino que denunciaron Uslar Pietri y otros pensadores en las primeras décadas del siglo XX, cuyas claras advertencias, por lo visto, han servido de poco. Hoy, Venezuela sigue atascada en el mismo modelo económico que vio erigirse a Gómez en el poder por 27 años y por los vientos que soplan, no hay señales de que el rumbo va a cambiar. Todo lo contrario, se está acentuando groseramente.
El empeño oficial en basar sus planes casi exclusivamente en el petróleo no puede sino alarmarnos; es el empeño más reaccionario y antirrevolucionario que se ha visto. Una revolución supone un cambio radical en las estructuras socioeconómicas. En este orden de ideas, no logro entender cómo es que afianzar la dependencia del petróleo pueda interpretarse como eje fundamental de un proceso revolucionario.
Lo primero que hace todo país que aspira a una revolución es diversificar y fortalecer el aparato industrial. Eso, por no mencionar las nuevas tendencias en torno a las revoluciones de orientación científica, concebidas bajo la luz de la nanotecnología, la genética y otros campos del saber que por estos lares parecen cosas del más allá, inalcanzables y hasta “innecesarias”.
Porque en el fondo, en estos lares se sigue creyendo que una revolución se hace a gritos, repartiendo fusiles, tierras, caraotas y harina comprada en el exterior. ¡Qué ingenuidad!
Releyendo a Uslar Pietri, con quien no siempre coincido, uno queda estupefacto por cierta lucidez en su pensamiento respecto al petróleo y el porvenir de la nación.
En De una a otra Venezuela (1949), el escritor puso el dedo en la llaga al visualizar los tremendos problemas que afrontaba aquel país de los años cuarenta, problemas que, paradójicamente, continúan vigentes varias décadas después, cuando los patrones tecnológicos y culturales del mundo han cambiado; problemas frente a los cuales no ha habido en el Estado, en las organizaciones políticas, en los grupos allegados al poder, un planteamiento y una estrategia histórica y alternativa con posibilidades reales de vencer la dependencia del petróleo, que es el epicentro de una serie de anomalías culturales tan profundas y muchas veces destructivas para la propia nación.
La sociedad se incorporó al petróleo
Para Uslar el problema en torno al petróleo comienza con el tremendo impacto que tuvo este recurso en el comportamiento de los gobernantes y la población, porque se trató de una riqueza natural como caída del cielo, que trastocó todo el orden social. De modo tal que en lugar de incorporar el petróleo a la vida nacional, la sociedad terminó incorporando su vida al petróleo, subordinándose al recurso natural.
La segunda consecuencia fue no menos terrible, según Uslar: “No nos ocupamos de crear riqueza propia, sino de disfrutar la riqueza petrolera, convertir lo más rápidamente esos bolívares petroleros en objetos de lujo, en disfrute y hasta en alimentos”. Porque el país no produce absolutamente nada, sino petróleo. Además, es más barato importar cualquier cantidad de bienes que producirlos en el país.
Al respecto, el escritor decía: “Esto significa que no podemos venderle nada a nadie, y que todo nos resulta más barato importándolo. Más barato es traer el arroz de Ecuador, más barato es traer el maíz de Argentina. No podemos exportar sino petróleo y caravanas diplomáticas”.
Y añadía: “Ha disminuido nuestra actitud para producir riqueza. No sólo hemos adquirido los hábitos, sino hasta la mentalidad del parásito. Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”.
Releyendo a Uslar no puedo sino alarmarme por su crudeza y su lucidez. Pienso en todos esos acuerdos internacionales celebrados por el Gobierno nacional que en el fondo reproducen la mismísima “vida parasitaria”; las carnes de Argentina, los tractores de Irán, las caraotas de República Dominicana y la infinidad de productos alimenticios importados por PDVAL, filial de PDVSA,  no son sino la fiel reproducción de anomalías históricas que el Ejecutivo Nacional no ha entendido y más bien ha profundizado. 
En el caso de PDVAL la anomalía es doblemente grave, porque hasta para importar caraotas y harinas necesitamos crear una dependencia dentro de la industria petrolera, debido a que el ministerio del ramo ha sido incapaz, en diez años, de enderezar el asunto. 
La nación fingida
Para Uslar, una de las consecuencias más visibles de la dependencia petrolera fue la construcción de una “Venezuela fingida”:
“Construida con petróleo transitorio se alza en Venezuela una nación fingida. De calidad tan transitoria como el petróleo con que está construida su apariencia. No más verdadera que una decoración de teatro.
Es como si con el dinero abundante y transitorio del petróleo hubiéramos levantado sobre la fisonomía de la verdadera Venezuela costosos telones, efectos de cartón y reflectores, panoramas de brocha sobre papel que van a deshacerse pronto a la intemperie. Por sus huecos y desgarrones, cuando pase el mana petrolero, volverá a asomar trágica la Venezuela verdadera, la pobre, la que olvidamos oculta por la bambalina pintada”.
Y esto es lo que hemos comenzado a palpar este año, después de la crisis económica mundial originada a finales del año pasado. Los precios del barril descendieron de 140 dólares a casi 40. Y cundió el pánico. El Gobierno se encontró con que sus arcas se vinieron a menos, en un abrir y cerrar de ojos, y que todo el bienestar subsidiado o financiado con los crecientes petrodólares comenzó a hacer aguas. En dos platos: al pasar la efímera época de derroche que vivimos hasta 2008, vino el derrumbe. El error histórico de siempre.
Hoy día no hay luz y agua en numerosas ciudades, después de 10 años de bonanza revolucionaria. ¿Dónde están los reales? ¿Qué se hizo con esos ingresos millonarios  que entraron al país? ¿Cómo es que una potencia energética que va a liberar a los pueblos latinoamericanos del yugo imperialista ni siquiera tiene luz y agua para sus habitantes? ¿No fue posible construir estructuras para generar energía eléctrica?
Por eso pienso que en gran medida la Revolución Bolivariana, parafraseando a Uslar, es una Revolución fingida. La mayor parte de sus logros constituyen un hermoso maquillaje financiado por los petrodólares y acicalado por el aparato publicitario del Estado a través de vallas, afiches y cuñas por doquier. Si nos atuviéramos a la publicidad del Estado, este país es una maravilla y el petróleo ha levantado un poderoso aparato productivo nacional, en el que es posible encontrar leche, café, carnes, en fin, lo mínimo que requiere un país digno para sobrevivir.
Lo peor de todo, es que se sigue esperando una “recuperación de los precios del petróleo”, tal como han anunciado los voceros oficiales, lo que no hace sino reforzar la vieja tesis de Uslar: la del parásito que vive a expensas de algo, en este caso del oro negro.

Finalmente, recordemos la frase lapidaria de Uslar: “Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”.
(*) Artículo original de Danny Klauss, publicado en Las Verdades de Miguel, 5 de noviembre de 2009. Tomado de: Ver: http://www.lasverdadesdemiguel.net/noticias.asp?id=1186&co_clasif=31

Mises e identidad “truculenta”


HJQ

Sorprenden ciertas estatuillas representativas de la mujer venezolana que son vendidas en locales especializados en artículos turísticos nacionales, allí donde es posible toparse con una llamativa máscara de los vibrantes Diablos de Yare o  cualquier trapo que lleve impreso el manoseado tricolor nacional.

Pintadas con cualquier cantidad de tonalidades alegres, desde rojo escarlata hasta amarillo chillón, es difícil no detenerse a observarlas por un momento. Las chicas transmiten alegría con su formateada pose de Miss, con su gracia y su ropa típica –el liquilique y a veces la alpargata- y con sus cuerpos muy bien delineados, que materializan el  estereotipo de reina prefabricada.

Las hay de todo tipo: morenas, negras, blancas. Unas son más altas que otras. Y de vez en cuando se asoma una hembra rellenita que se desvía de la norma.

Pero nuestra mirada comienza a extrañarse cuando se tiene la percepción de que estas princesas de arcilla en realidad no representan una supuesta cultura "nacional" sino que más bien son el reflejo elocuente de un mundo globalizado, de permanente transculturación y cambios, donde lo local y lo planetario se entremezclan,  donde el concepto posnacional cobra fuerza.

En efecto, comparadas con la escala antropométrica  real, algunas de estas princesas deben rondar cerca de un metro 90 centímetros, medida que no es la que predomina en cualquier fiesta popular celebrada en la plaza Bolívar, en la Mesa de Guanipa, incluso en los aterciopelados jardines del Country Club caraqueño. Son tallas que se alejan de la mujer venezolana promedio, la de carne y hueso, y más bien responden a los parámetros de la Miss Universe.



Ni hablar de los bustos inflados, las cinturas disminuidas y los traseros abultados, atributos exaltados con frenesí en este país productor de oro negro, pranes, homicidios y discursos. Es la mano invisible de la moda, de los salones de estética, del mercado, la que ha esculpido estas figuras. En este caso, los artesanos han procesado los parámetros de marras publicitados en el orbe. Lo "popular" es solo una parte de la obra.

Estas creaciones en serie entremezclan la estética artesanal de antaño, el liquilique propio del llanero, de una ancestral Doña Bárbara, y las usanzas de la  moda universal de hoy; recrean  el mito en torno a la belleza infinita y planetaria de la mujer venezolana, condición a veces natural, condición a veces lograda con bisturí y silicón; condición que seguramente alimenta el orgullo de una sociedad que necesita reconocerse en algún tipo de fortaleza, en un triunfo simbólico que haga olvidar las interminables penurias de la vida real.



En fin, estas simpáticas hembras sintetizan una sociedad que se debate entre la tradición  y la globalización, que abraza el silicón pero todavía recrea el uso de la alpargata, ese artículo de viejo cuño casi desaparecido de la vida terrenal. Ellas demuestran que el viejo concepto de "identidad nacional" asociado al lema "arpa, cuatro y maracas" fue adulterado por las nuevas realidades planetarias, al punto que quizás tal "identidad", como sugieren diversos autores, se perdió de vista hace rato.




----------

Publicado originalmente en El Universal bajo el título “Identidad posnacional y de silicón”, 15 de febrero de 2014.