"Venezuela está cansada de ismos"

El propio comandante Chávez señaló que es muy poco lo que un individuo puede hacer para cambiar el curso de los acontecimientos históricos, y que el término "chavismo" era una falta de respeto hacia un pueblo rebelde que había madurado

HJQ

Vueltas que da la historia. Cuado estuvo preso en Yare (1993), el ex presidente Hugo Chávez  rechazó el término "chavismo" como referencia a un movimiento político-social centrado en un individuo que presuntamente podía cambiar el curso de la historia,  incluso lo consideró una "falta de respeto" hacia un pueblo rebelde cuya conciencia había despertado.

Lo dijo en un folleto publicado en aquellos años de turbulencia social: El Comandante Hugo Chávez a la Nación. Mensaje Bolivariano (1). 

Allí escribió lo siguiente:

"Venezuela está cansada de "ismos" y creo que nuestro pueblo ha madurado lo suficiente desde el punto de vista político para que se le siga faltando el respeto.

El despertar huracanado que sacude al país desde el 4 de febrero de 1992, es producto de la toma de conciencia colectiva, que ha permitido a los venezolanos, convencerse de la tremenda fuerza soberana que poseen.

Soy un convencido, desde hace bastantes años, que la historia tiene sus leyes generales que orientan la evolución de los pueblos y las naciones. Y muy poco es lo que un individuo de "carne, hueso y espíritu" puede hacer, para conducir tales corrientes arrolladoras.

Mucho menos, puede un hombre pretender cambiar el curso de los acontecimientos históricos. Ya lo decía nuestro máximo líder, el general Simón Bolívar, por allá en 1819: 

En medio de este piélago de angustias no se sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebata como una débil paja...

Así que llamar "Chavismo" al fenómeno colectivo post-4F, reflejado en cientos y cientos de manifestaciones de rebeldía, de protestas pacíficas y violentas, que ha resquebrajado al viejo régimen a nivel de sus estructuras, creo que al menos, significa menospreciar las capacidades de percepción de las realidades que ha adquirido nuestro pueblo en su desarrollo histórico. 

Ahora bien, el MBR-200 seguirá estimulando y promoviendo acciones diversas contra el régimen, para evitar que caigamos nuevamente en el letargo. Como lo decía hace pocos días el comandante bolivariano Jesús Urdaneta Hernández: "No podemos permitir que se apague la esperanza". 

Sin embargo, seguramente Chávez cambió de opinión. Durante sus mandatos (1999-2013) su gestión tuvo dentro de sus objetivos consolidar el chavismo como movimiento nacional e incluso  en América Latina. Para más contradicciones, en 2010 el propio Chávez solicitó no usar su imagen en obras y propaganda ante el evidente culto a la personalidad que estaba desarrollándose. (Ver Chávez prohíbe usar en obras y propaganda su imagenPero sus herederos hicieron caso omiso a esta solicitud. No le pararon. 


--------------------
Fragmento tomado de El Comandante Hugo Chávez a la Nación. Mensaje Bolivariano (1). Ediciones MBR-200, 1993, pp. 7-8.

4F: auténtico tercermundismo


HJQ

Celebrarlo como una jornada "heroica" es dar licencia a los alzamientos castrenses, el militarismo y el caudillismo como opciones de desarrollo. Añádanse la tiradera de coñazos e insultos que caracterizan el verbo de sus protagonistas 

El alzamiento militar del 4 de febrero de 1992 se  ha convertido en uno de los caliches periodísticos más reiterados de los últimos tiempos y en uno de los recuerdos más delirantes pero a la vez más auténticos del país.  

Si bien recordarlo parece inevitable para quienes presenciamos esa jornada y para la propia prensa, entre otras razones porque sus protagonistas siguen en el poder, celebrarlo apesta, hiede, produce nauseas. 

Apesta porque 24 años después de la intentona, el país se encuentra en una situación más delicada que la que motivó la insurrección militar. Lo han dicho algunos de sus protagonistas. Lo dicen los indicadores sociales y económicos. Lo dice la historia.

Aquella jornada fue presentada como el anuncio de cambios inevitables en el porvenir de la nación, pero bastó que sus protagonistas tomaran las riendas del poder, en 1999, para que comenzara un proceso que conducirá a la actual tragedia venezolana.

El conmemorado Día de la Dignidad Nacional, sin duda es una evidencia poderosa de la  folclórica cultura política venezolana, cultura proclive a una serie de hábitos que explican nuestro subdesarrollo, nuestro tercermundismo tropical. Hablamos de los alzamientos castrenses, los golpes de Estado constitucionales y armados, el endiosamiento del militarismo y el caudillismo. A lo que hay que añadir el despilfarro petrolero,  el estatismo y la tiradera de coñazos e insultos que han caracterizado a muchos de los uniformados alzados el 4-F. Es esto lo que celebran los sacerdotes del culto de marras y sus feligreses. 

A estas alturas de la historia es poco lo que se puede agregar sobre este hecho,  salvo que aparezca alguna novedad respecto a la inesperada participación de alienígenas y marcianos en el asalto final a Miraflores. 

Tal vez el agente Mulder de los Expedientes Secretos (X Files) pueda darnos luces. 





   

Donald Trump y la imagen de los hispanos



El empresario reprodujo la imagen negativa de los hispanos explotada en algunos espacios mediáticos

HJQ
  
Hace un par de décadas, cuando todavía no abundaban los medios en español en Estados Unidos, la prensa "anglo" (1) pintaba a los mexicanos  como un grupo social  integrado por inmigrantes ilegales, delincuentes, borrachos, como mano de obra barata que hacía el trabajo duro en los sembradíos y en cualquier oficio mal visto por los norteamericanos. 

Otro tanto ha sucedido con los centroamericanos, los suramericanos y paremos de contar. Todavía suelen aparecer vinculados con noticias negativas sobre drogas, lavado de dinero, corrupción, estafas millonarias y trabajo ilegal. Es cierto que este discurso parte de una realidad social ineludible, el problema surge cuando estas representaciones amplifican un enfoque que omite otras cualidades y actividades de la inmensa comunidad hispana.

Intelectuales, estudiosos y académicos  hispanos han criticado a los medios "anglo" por producir y reproducir estereotipos negativos sobre los hispanos. Pero también es cierto que se trata de un fenómeno que dejó de ser exclusivamente "anglo", porque a menudo se percibe en espacios mediáticos conducidos por hispanos y dirigidos a hispanos.


En efecto, desde reconocidos formatos hispanos se ha contribuido a fabricar una imagen de la hispanidad un tanto desafortunada, a partir de noticias manchadas de criminalidad, inmigración ilegal, delitos y otros tópicos de la misma catadura. 

Es cierto que la prensa intenta “reflejar la realidad social” en forma “objetiva”, pero durante años estos medios priorizaron temas y enfoques que contribuyeron a generar un estereotipo negativo, una imagen que  impide ver  otras cualidades de la comunidad hispana.  

Todo esto viene a la memoria a raíz de las destempladas declaraciones de Donald Trump contra la inmigración ilegal mexicana. En julio pasado, el empresario se refirió a estos inmigrantes en unos términos polémicos: “...gente que tiene muchos problemas, nos están enviando sus problemas, traen drogas, son violadores, y algunos supongo que serán buena gente, pero yo hablo con agentes de la frontera y me cuentan lo que hay”. 

No sería el único ni el más lesivo comentario. Trump lanzaría otros conceptos controvertidos y denigrantes para los hispanos dentro y fuera de Estados Unidos.


En cierta forma, el candidato a la Casa Blanca no ha hecho sino reproducir estos estereotipos muy arraigados en sectores conservadores estadounidenses que ven la presencia hispana con bastante incomodidad, que aspiran a renovar las ideas del movimiento English Only y que coinciden con las tesis de Samuel Huntington acerca del "choque de civilizaciones", tesis que plantea como la identidad cultural y nacional estadounidense podría verse afectada por la poderosa inmigración que recibe. 


En la mente de Trump están las noticias negativas sobre hispanos, que hablan de narcotraficantes y criminales. Pero también un claro sentido de la oportunidad, el intento por posicionarse en un sector clave de los republicanos que es conservador en extremo. 


La comunidad hispana no comienza ni termina en las noticias escandalosas y denigrantes. Tal vez Trump no es del todo culpable, pues puso en evidencia la existencia de un problema mucho más complejo que involucra a todo Estados Unidos, incluyendo a los medios de comunicación, tanto los denominados "anglo" como los hispanos.  


Notas


(1) Alex Montaño, “Wanted: Hispanic Male. Is Race Description?” En: News Watch, Center for Integration and Improvement of Journalism at San Francisco StateUniversity, Summer, 1998, pp. 8-9. 






La transición poschavista según Oscar Shémel

Oscar Shémel


El director de Globovisión dijo que el dilema de los venezolanos no era decidir entre el   socialismo o el capitalismo, ni la rivalidad entre ricos y pobres. También afirmó que la estrategia de la revolución era el control de la sociedad a través de la coerción legal, policial y económica

El director de Globovisión, Oscar Schémel, quien también funge de director de Hinterlaces, sostuvo un conjunto de argumentos muy duros respecto a Hugo Chávez y el chavismo, que sin duda pueden parecer explosivos  para el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y más cuando las encuestas hablan de un posible triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre. 

En efecto, en una carta enviada a Elías Toro (2010), Schémel dijo que Venezuela se aproxima a una transición postchavista, que Chávez no era un revolucionario sino un predicador, cuyo objetivo era concentrar el poder. 

Esta pieza tiene un enorme valor, pues recoge parte de la agenda política del presente, en la que se habla de una transición postchavista. 

En la misiva, Schémel dice que el Presidente Chávez nunca ha tenido una ideología definida sino sólo una lógica para justificar la concentración del poder”. Por ello, explica, el líder se rodeó de algunas personalidades como Dietrerichs, Ceresole y Monederos (el ex asesor del líder de Podemos, en España), para darle consistencia ideológica al proyecto.

El director de Hinterlaces afirmó que en Venezuela “hace mucho tiempo que lo que hace falta no es un Gran Líder o un Héroe”, de hecho, critica el culto a la personalidad en torno a Chávez, a quien definió como  “un predicador y un redentor, pero no un líder revolucionario”.

También cuestionó algunos de los paradigmas de la estrategia política y electoral del chavismo, entre ellos la división de clases, y la disyuntiva entre capitalismo y socialismo: “Hay que entender que la actual confrontación social y política es fundamentalmente una disputa social y simbólica por refundar la democracia y no es una batalla entre el capitalismo y el socialismo o de ricos contra pobres”.

Respecto a la revolución, afirmó que “apunta principalmente hacia una estrategia de dominación de la sociedad mediante la coerción legal, policial y económica”.

Para el director de Globovisión la mayoría de los venezolanos cree que sin partidos políticos no es posible realizar una democracia.

Finalmente, Schémel habló de “integrar las aspiraciones de los estratos pobres y las clases medias que, como revelan los estudios de opinión pública de Hinterlaces, no son tan diferentes y definitivamente no son antagónicos”.

En otras palabras: sus razonamientos coinciden con las posiciones líderes de la opinión y analistas críticos del proceso bolivariano.

La carta fue enviada en febrero de 2010 a Elías Toro. 
Texto completo en: 

El fin del poder (2): la revolución del más, del menos y Mad Max


El mundo está viviendo importantes transformaciones: hay más calidad de vida, mejor salud, más productos, la gente se desplaza con mayor facilidad, todo aumenta y todo llega a todas partes, como sostiene Moisés Naím (El fin del poder, Random House, 2014). Pero qué pasaría si este modelo de desarrollo se estanca o se contrae. 

El crecimiento de la población mundial, la extinción del petróleo como fuente de energía, el calentamiento global y otros factores abren la posibilidad de un futuro apocalíptico tipo Mad Max, el surgimiento de una sociedad destartalada, rural, precaria, donde no existen los mínimos estándares de vida que hoy exhiben las potencias occidentales, donde la vida se esfuma rápidamente en una pelea sangrienta por conseguir un litro de gasolina. La mentalidad de abundancia y comodidad sería desplazada por la mentalidad de escasez y precariedad.


HJQ

Moisés Naím sostiene que en el mundo están ocurriendo transformaciones revolucionarias que implican una nueva concepción respecto al poder, y un cambio de mentalidad en la población. Lo expresa en El fin del poder (Random House, 2014), y en los siguientes términos: 

“Todos estos cambios los agrupo en tres categorías de transformaciones revolucionarias que, a mi juicio, definen nuestro tiempo: la revolución del más, que se caracteriza por el aumento de todo (el número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones); la revolución de la movilidad, que capta el hecho de que no sólo hay más de todo sino que ese ‘más’  (gente , productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca  y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles, y la revolución de la mentalidad, que refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.

Ciertamente en el mundo han  emergido innumerables avances en la medicina, las ciencias y la tecnología que tienen un poderoso impacto en el planeta. La  esperanza de vida, por ejemplo, ha aumentado hasta en los países pobres mientras que la población mundial sigue creciendo a un ritmo nada despreciable. Estos son logros que marcan una importante diferencia entre el planeta actual y el que existió en siglos anteriores.

También es verdad, como sostiene Naím, que como consecuencia del avance tecnológico y su masificación, pequeñas empresas e inventores pueden competir con grandes corporaciones en la oferta de servicios y bienes; que al masificarse las tecnologías y abaratarse sus costos, ciudadanos corrientes pueden incorporarse a mercados que antes eran dominados o monopolizados por grandes compañías. Lo vemos, por ejemplo, en la creciente aparición de productos elaborados e imitados en China, en jóvenes programadores particulares cuyos servicios resultan más accesibles que los ofrecidos por empresas gigantescas. 

Pero  ¿hasta dónde llegará ese más? ¿Se trata de una tendencia irreversible? Porque el propio crecimiento de la población implicará serios retos a la producción, distribución y consumo de bienes y servicios que dan cuerpo a ese más; es decir, el “aumento de todo” podría constituir una amenaza para el propio “aumento de todo”. Más población implica más necesidad de materia prima y recursos naturales,  pero ¿habrá materia prima y recursos para siempre y para todos?

Es cierto que cada día hay más de “todo”, y que “todo” llega a cualquier rincón del orbe. Pero, ¿por cuánto tiempo es sostenible esta tendencia? Los recursos naturales tienden a escasear mientras la población crece; por su parte, el calentamiento global constituye un desafío para la humanidad porque produce estragos en las reservas de recursos naturales.

Hay  bienes y servicios que seguramente no podrán crecer de manera indefinida, que tal vez salgan del mercado porque no contarán con la materia prima o los recursos que permiten elaborarlos.  Y en muchos casos, no está garantizado que disfrutemos de bajos costes para siempre, porque al escasear la materia prima, los recursos naturales y los bienes, seguramente el valor de todos ellos aumentará. A no ser que por razones desconocidas el planeta pueda garantizar  “de todo para todos y para siempre”. Un reto difícil, por no decir imposible. 

Otro aspecto que plantea incertidumbres sobre el futuro de la humanidad es la energía. El actual modelo de desarrollo de la humanidad en buena medida se sustenta en el petróleo, cuyo horizonte, estamos claros, es finito. Con las energías alternas el horizonte también luce limitado y plantea las mismas interrogantes en torno al desarrollo y a las revoluciones del más y de la movilidad. En otras palabras: nuestras dudas giran en torno a la posibilidad de que se dé un estancamiento o una contracción en el modelo de desarrollo, y, por ende, en la revolución del más y la revolución de la movilidad, lo cual afectaría, desde luego, a la revolución de la mentalidad. 

La revolución de la mentalidad


Apunta Naím que la revolución del más y de la movilidad están produciendo una revolución de la mentalidad, fenómeno que se expresó en la Primavera Árabe ocurrida en Túnez, Egipto y otros países.

El autor señala que en estos países hubo cambios importantes en el comportamiento de la población, de hecho, aumentaron significativamente los divorcios en los últimos años. Esta tendencia era impensable hace unos lustros, una verdadera herejía porque se trataba de sociedades sujetas a ciertas tradiciones culturales que colocaban a la mujer en una situación de minusvalía respecto al hombre.   Allí, sin duda, hubo un cambio de mentalidad.

La Primavera Árabe, argumenta Naím, se gestó en parte gracias a Twitter, que facilitó la coordinación y animación de las revueltas de la población civil contra el poder instituido, pero respondió principalmente, sostiene el autor, a un cambio de mentalidad que se produjo en una sociedad donde había “personas más sanas y más preparadas que nunca, pero sin trabajo y profundamente frustradas”; es decir, personas que tenían otras expectativas de vida que, sabemos, fueron alimentadas con información proveniente del mundo occidental. En este caso, la tecnología apoyó el cambio de mentalidad.

La revolución de la mentalidad existe, lo vimos en el mundo árabe, pero ella también dependerá de la proyección en el tiempo que tengan la revolución del más y de la movilidad, del modelo de desarrollo sobre el cual estamos montados, y los factores que constituyen una amenaza real o probable para ese modelo, si es que podemos hablar de un modelo en un mundo diverso y complejo, donde todavía se observa el dilema entre progreso y tradición, izquierda y derecha, capitalismo y socialismo, ciencia y religión.

Hay que recordar, además, que toda revolución tiene un límite, no se proyecta de manera indefinida en el tiempo. Sus efectos a la larga se consolidan como parte del paisaje cotidiano. En otros casos sus efectos desaparecen, son rebatidos o sustituidos por otros fenómenos, por otras revoluciones, por otros procesos, sobresaltos e ideas que se asoman e imponen en el horizonte.

El petróleo, por ejemplo, contribuyó a sepultar la máquina de vapor que ya casi nadie usa, y todavía le hace la guerra al carbón. Pero la energía solar en el futuro podría convertir al petróleo en un fósil de museo.

El problema es que la sociedad del presente, y de unas cuántas décadas más en el porvenir, tiene una enorme dependencia del petróleo, debido a los innumerables productos que se elaboran  a partir del oro negro: plásticos, medicinas, combustibles, ceras, pinturas, fertilizantes, automóviles, aviones, y un largo etcétera, los cuales dan sustento a ese mundo actual, donde cada día hay más, para más gente, donde hay una intensa movilidad de personas, de inmigrantes centroamericanos que desde Estados Unidos envían sumas de dinero con las cuales ayudan a la economía de sus países de origen.

Quizás en el actual momento no sepamos cuál será la proyección en el tiempo de la revolución del más, de la movilidad, ni cuándo ni cómo comenzarán a detenerse sus efectos, ni cuando surgirán contracciones o estancamientos, si es que llegan a surgir. Pero todo ello es posible.

La sociedad precaria


El libro de Naím me parece excelente, está muy bien argumentado. Tiene como méritos indiscutibles numerosos datos estadísticos y económicos que permiten avalar los planteamientos sostenidos por el autor, así como una minuciosa concatenación de hechos, observaciones y razones  que convierten al autor en un agudo observador de lo que acontece casi en cada rincón del planeta, desde China hasta Argentina, desde Australia hasta Alaska.

Por momentos nos recuerda los escritos de Alvin Toffler (El Shock del Futuro), cuando insiste en los profundos cambios que están afectando al mundo, sobre todo en materia de tecnologías que están marcando una diferencia en la percepción que hay respecto al poder y al propio mundo.

Pero cuando pienso en la revolución del más, me vienen a la mente  las escenas de Mad Max, la conocida  saga de George Miller que acaba de alcanzar una cuarta versión, o las  lapidarias escenas de El país de las últimas cosas,  la célebre novela de Paul Auster (1987).

Desde su primera versión en los años setenta, Mad Max planteó un futuro apocalíptico para la humanidad, el surgimiento de una sociedad destartalada, donde escasea el petróleo, no existen los mínimos estándares de vida que hoy día exhiben las potencias de occidente, donde no hay esperanza de vida, donde la vida se esfuma rápidamente en una pelea sangrienta por conseguir un litro de gasolina.

No hay estados ni nada que se le parezca; gobiernan las tribus y los espacios públicos son “tierra de nadie”. Solamente los muy hábiles y los más fuertes logran existir. Es la secuela de una guerra mundial que casi acaba con la humanidad, que dejó unos seres en harapos que apenas sobreviven. Es un futuro que nadie desearía. Es un futuro que puede evitarse.

Pero, ficticio y todo, parece recordarnos que toda esa idea de crecimiento infinito en la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, podría tener un techo, un límite. Lo cual supone una posibilidad contraria a las tesis de Naím; menos en lugar de más, menos movilidad, y el surgimiento de una mentalidad diferente, en la cual aparecen valores e ideas como escasez, precariedad, ruralidad, escaso crecimiento de la población, vida en apuros, supervivencia como consigna central. Algo de esto ya hemos visto en sistemas socialistas que fracasaron rotundamente en Cuba y la Unión Soviética. Es un poco lo que está pasando en la Venezuela actual, un país que pasó de la borrachera de los petrodólares (muy mal administrados) a la escasez y precariedad. "Por fortuna", dicen, “todavía no hemos llegado a comer ratas”.

En Mad Max, la causa del desastre sería una guerra mundial, un hecho que aparentemente no tiene nada que ver con el modelo de desarrollo, pero que, sin embargo, indirectamente podría relacionarse a ese modelo. Porque en esa ficción las potencias trataron de imponerse para apropiarse de los recursos estratégicos. Podría tratarse de China, Rusia, Estados Unidos. En cierto sentido, Mad Max es como la antípoda de la revolución del más y de la movilidad. Los motorizados van y vienen todo el día, pero en un espacio limitado, porque deben estar cerca de una fuente de combustible.

Un escenario como el planteado como George Miller significaría todo lo contrario: menos de todo y para menos personas; menos movilidad para un gentío que no tiene acceso al petróleo o alguna forma de energía. Hablamos de un cambio de mentalidad como el que ha experimentado la humanidad en distintos momentos, cuando hubo recesión, pandemias o guerras. Ya Europa vivió pestes unos siglos atrás que mermaron la población y paralizaron el progreso.

La sociedad precaria de Mad Max tal vez no es simplemente una entelequia, una profecía más del cine de ficción. Ella existe en forma muy parcial en los sectores pobres de América Latina, Asia y África que tienen como habitación viviendas precarias, construidas con palos, zinc y otros materiales recogidos en la vía; existe en los muchachos venezolanos que construyen chopos (armas) con pinzas, alicates, tubos y resortes; en las familias que sustituyeron la electricidad por los velones porque no hay electricidad, que hacen fogatas para preparar el almuerzo, porque falla el suministro de gas.  Cosas que, por cierto, son el pan de cada día en esta Venezuela misteriosamente petrolera, que llegó a ser el primer exportador de oro negro en los años veinte del siglo pasado y dice tener las reservas de petróleo más grandes  del orbe.

El modelo de Naím y el antimodelo (Mad Max)

Modelo de Naím
Antimodelo (tipo Mad Max)

Aumento de todo
Aumento del número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones.


Decrecimiento de todo
Las tasas de crecimiento podrían estancarse o retroceder

Más movilidad
La gente, los productos, la tecnología,  el dinero se mueven más que nunca  y a menor coste, y llegan a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles


Menos movilidad
Al escasear la energía y los recursos naturales se dificulta la movilidad así como la producción, distribución y consumo de bienes y servicios

Mentalidad de transformación, abundancia y movilidad. “Refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.


Mentalidad de sociedad precaria y estática, donde puede haber pocas transformaciones. La producción de bienes y servicios es casi nula, la gente no puede moverse mucho. La   consigna es sobrevivir.




20-06-2015

El fin del poder (1): tanto poder para nada

Moisés Naím plantea en El fin del poder (2014) que la concepción respecto al poder ha cambiado drásticamente en los últimos años, de modo que los pequeños actores pueden derrotar  a los grandes actores sin hacer alarde de recursos, tradición e historia. Pero esta situación implica una degradación del poder como tal, la cual podría conducir a una situación en la que nadie manda a nadie,   a un auténtico "caos” mundial 


HJQ

Siempre se espera mucho de los poderosos. Pero el poder ha cambiado de manera drástica en los últimos tiempos, al punto que muchas veces los líderes y las sociedades se crean expectativas en torno a gobernantes e instituciones cuyas ejecutorias tienen un impacto muy inferior al que se esperaba.  

Este es un rasgo típico, por cierto, de los gobernantes latinoamericanos que llegan al palacio de gobierno montados sobre una gigantesca ola que combina promesas y expectativas, pero abandonan el  trono por la puerta de atrás, entre chiflas y reclamos, porque no produjeron los resultados esperados por ellos mismos, ni por las desengañadas multitudes.

El drama es un aspecto medular del libro de Moisés Naím, El fin del poder, publicado por Random House Mondadori (2014).El texto plantea que la concepción del poder está cambiando debido a las transformaciones que está viviendo el planeta generadas por tres revoluciones que se expresan en los términos siguientes:

 “Todos estos cambios los agrupo en tres categorías de transformaciones revolucionarias que, a mi juicio, definen nuestro tiempo: la revolución del más, que se caracteriza por el aumento de todo (el número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones); la revolución de la movilidad, que capta el hecho de que no sólo hay más de todo sino que ese ‘más’  (gente , productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca  y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles, y la revolución de la mentalidad, que refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a estas transformaciones”.

Estos cambios, como sugiere el autor, han repercutido en la concepción respecto al poder.

El poder real y el poder aparente

Naím plantea la enorme brecha entre la percepción que hay respecto al poder  y el poder real, entre lo que aparenta el poder y la realidad del poder. Todo ello es, por supuesto, una consecuencia de las transformaciones antes mencionadas.

El autor subraya que si bien los poderosos siguen existiendo, tienen cada vez más limitaciones para ejercer el poder que sin duda poseen, porque para tomar decisiones deben enfrentar una serie de obstáculos, grupos de interés y sectores que pese a ser “pequeños” en el papel (“micropoderes”) pueden sabotear y echar por la borda los propósitos de los grandes actores.

Las limitaciones que viven los poderosos, señala, se ven en el plano internacional, escenario donde el poder militar de las potencias en la actualidad “cuenta menos que antes”, cuando van a la guerra, pues tendrán que lidiar con adversarios escurridizos que tienen menos recursos pero son muy hábiles.

Los conflictos asimétricos, protagonizados por actores de distinto nivel, por ejemplo, pueden decidirse más por las estrategias políticas y militares que por el uso de la pura fuerza militar, afirma Naím. Es el caso típico de pequeñas organizaciones guerrilleras y terroristas que pueden provocar enormes daños a poderosos ejércitos, y escabullirse, así como sembrar el terror e incertidumbre en las metrópolis de las potencias, y obligar a sus estados a gastar fortunas en medidas de seguridad que tal vez no logren su objetivo.

Pensemos por un instante en el terror que ha provocado en Francia el atentado contra el semanario Charlie Hedbo, ocurrido en enero pasado. Los ejecutantes del atentado lograron generar máximo temor al menor costo, máximo impacto publicitario al menor costo. No necesitaron portaaviones ni una inmensa flota de drones.  

En la política, como en el mundo empresarial y los negocios, hay nuevos y pequeños actores que desafían a los grandes poderes, a las grandes empresas. Ciberterroristas, piratas informáticos, delincuentes y falsificadores son actores que afectan a los poderosos. Y no necesitan de grandes  recursos. 

Naím cita el caso de Edward Snowden y Wikileaks, lo define como “un nuevo tipo de poder”, lo ubica dentro de los “micropoderes”, afirma que este tipo de actor tiene capacidad de desafiar con éxito a los grandes, y ya no depende del tamaño, la geografía, la historia ni la tradición para tener influencia. 

Estas observaciones llevan a Naím a sostener que “a los actores tradicionales les costará cada vez más tener el poder al que aspiran o incluso el que siempre han tenido”.

El caos

Pero estos cambios ocurridos en el poder pueden generar caos, sostiene Naím. En efecto, el autor señala que la degradación del poder que experimentan los grandes actores afecta al mundo, a los países, a las sociedades, puede crear desorden y parálisis ante problemas complejos”.

Con la degradación del poder, dice Naím, puede surgir la anarquía. Los pequeños pueden “vetar, contrarrestar, combatir y limitar el margen de maniobra de los grandes”. De allí que la degradación del poder pueda generar caos, una guerra de todos contra todos, dice el autor, apoyándose en Hobbes. Sí, una situación en la que hay un poder “disperso, diseminado y descompuesto” y donde es difícil decidir. No se toman decisiones, se toman tarde o “se diluyen hasta ser ineficaces”.


Una situación que invita al caos.

2-06-2015