Parásitos del petróleo (*)

Venezuela ha profundizado su dependencia de la industria petrolera iniciada a principios del  siglo XX

Uslar Pietri lo advirtió hace medio siglo: había que poner fin a la dependencia petrolera y desarrollar otros sectores de la economía, para no convertirnos en parásitos del oro negro.  “Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”. 

Danny Klauss
Para el gobierno nacional la economía resulta ser una operación muy sencilla, tan fácil, que hasta las mentes menos lúcidas y esclarecidas pueden ejecutarla con destreza: se trata básicamente de abrir y cerrar la producción petrolera en función de los precios que fije la OPEP. Luego se cobran los petrodólares y finalmente se “administran”. Eso es todo.
Este es el modelo propio de un país tercermundista, incapaz de estimular otras industrias y otros modelos de desarrollo. Este es el perverso camino que denunciaron Uslar Pietri y otros pensadores en las primeras décadas del siglo XX, cuyas claras advertencias, por lo visto, han servido de poco. Hoy, Venezuela sigue atascada en el mismo modelo económico que vio erigirse a Gómez en el poder por 27 años y por los vientos que soplan, no hay señales de que el rumbo va a cambiar. Todo lo contrario, se está acentuando groseramente.
El empeño oficial en basar sus planes casi exclusivamente en el petróleo no puede sino alarmarnos; es el empeño más reaccionario y antirrevolucionario que se ha visto. Una revolución supone un cambio radical en las estructuras socioeconómicas. En este orden de ideas, no logro entender cómo es que afianzar la dependencia del petróleo pueda interpretarse como eje fundamental de un proceso revolucionario.
Lo primero que hace todo país que aspira a una revolución es diversificar y fortalecer el aparato industrial. Eso, por no mencionar las nuevas tendencias en torno a las revoluciones de orientación científica, concebidas bajo la luz de la nanotecnología, la genética y otros campos del saber que por estos lares parecen cosas del más allá, inalcanzables y hasta “innecesarias”.
Porque en el fondo, en estos lares se sigue creyendo que una revolución se hace a gritos, repartiendo fusiles, tierras, caraotas y harina comprada en el exterior. ¡Qué ingenuidad!
Releyendo a Uslar Pietri, con quien no siempre coincido, uno queda estupefacto por cierta lucidez en su pensamiento respecto al petróleo y el porvenir de la nación.
En De una a otra Venezuela (1949), el escritor puso el dedo en la llaga al visualizar los tremendos problemas que afrontaba aquel país de los años cuarenta, problemas que, paradójicamente, continúan vigentes varias décadas después, cuando los patrones tecnológicos y culturales del mundo han cambiado; problemas frente a los cuales no ha habido en el Estado, en las organizaciones políticas, en los grupos allegados al poder, un planteamiento y una estrategia histórica y alternativa con posibilidades reales de vencer la dependencia del petróleo, que es el epicentro de una serie de anomalías culturales tan profundas y muchas veces destructivas para la propia nación.
La sociedad se incorporó al petróleo
Para Uslar el problema en torno al petróleo comienza con el tremendo impacto que tuvo este recurso en el comportamiento de los gobernantes y la población, porque se trató de una riqueza natural como caída del cielo, que trastocó todo el orden social. De modo tal que en lugar de incorporar el petróleo a la vida nacional, la sociedad terminó incorporando su vida al petróleo, subordinándose al recurso natural.
La segunda consecuencia fue no menos terrible, según Uslar: “No nos ocupamos de crear riqueza propia, sino de disfrutar la riqueza petrolera, convertir lo más rápidamente esos bolívares petroleros en objetos de lujo, en disfrute y hasta en alimentos”. Porque el país no produce absolutamente nada, sino petróleo. Además, es más barato importar cualquier cantidad de bienes que producirlos en el país.
Al respecto, el escritor decía: “Esto significa que no podemos venderle nada a nadie, y que todo nos resulta más barato importándolo. Más barato es traer el arroz de Ecuador, más barato es traer el maíz de Argentina. No podemos exportar sino petróleo y caravanas diplomáticas”.
Y añadía: “Ha disminuido nuestra actitud para producir riqueza. No sólo hemos adquirido los hábitos, sino hasta la mentalidad del parásito. Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”.
Releyendo a Uslar no puedo sino alarmarme por su crudeza y su lucidez. Pienso en todos esos acuerdos internacionales celebrados por el Gobierno nacional que en el fondo reproducen la mismísima “vida parasitaria”; las carnes de Argentina, los tractores de Irán, las caraotas de República Dominicana y la infinidad de productos alimenticios importados por PDVAL, filial de PDVSA,  no son sino la fiel reproducción de anomalías históricas que el Ejecutivo Nacional no ha entendido y más bien ha profundizado. 
En el caso de PDVAL la anomalía es doblemente grave, porque hasta para importar caraotas y harinas necesitamos crear una dependencia dentro de la industria petrolera, debido a que el ministerio del ramo ha sido incapaz, en diez años, de enderezar el asunto. 
La nación fingida
Para Uslar, una de las consecuencias más visibles de la dependencia petrolera fue la construcción de una “Venezuela fingida”:
“Construida con petróleo transitorio se alza en Venezuela una nación fingida. De calidad tan transitoria como el petróleo con que está construida su apariencia. No más verdadera que una decoración de teatro.
Es como si con el dinero abundante y transitorio del petróleo hubiéramos levantado sobre la fisonomía de la verdadera Venezuela costosos telones, efectos de cartón y reflectores, panoramas de brocha sobre papel que van a deshacerse pronto a la intemperie. Por sus huecos y desgarrones, cuando pase el mana petrolero, volverá a asomar trágica la Venezuela verdadera, la pobre, la que olvidamos oculta por la bambalina pintada”.
Y esto es lo que hemos comenzado a palpar este año, después de la crisis económica mundial originada a finales del año pasado. Los precios del barril descendieron de 140 dólares a casi 40. Y cundió el pánico. El Gobierno se encontró con que sus arcas se vinieron a menos, en un abrir y cerrar de ojos, y que todo el bienestar subsidiado o financiado con los crecientes petrodólares comenzó a hacer aguas. En dos platos: al pasar la efímera época de derroche que vivimos hasta 2008, vino el derrumbe. El error histórico de siempre.
Hoy día no hay luz y agua en numerosas ciudades, después de 10 años de bonanza revolucionaria. ¿Dónde están los reales? ¿Qué se hizo con esos ingresos millonarios  que entraron al país? ¿Cómo es que una potencia energética que va a liberar a los pueblos latinoamericanos del yugo imperialista ni siquiera tiene luz y agua para sus habitantes? ¿No fue posible construir estructuras para generar energía eléctrica?
Por eso pienso que en gran medida la Revolución Bolivariana, parafraseando a Uslar, es una Revolución fingida. La mayor parte de sus logros constituyen un hermoso maquillaje financiado por los petrodólares y acicalado por el aparato publicitario del Estado a través de vallas, afiches y cuñas por doquier. Si nos atuviéramos a la publicidad del Estado, este país es una maravilla y el petróleo ha levantado un poderoso aparato productivo nacional, en el que es posible encontrar leche, café, carnes, en fin, lo mínimo que requiere un país digno para sobrevivir.
Lo peor de todo, es que se sigue esperando una “recuperación de los precios del petróleo”, tal como han anunciado los voceros oficiales, lo que no hace sino reforzar la vieja tesis de Uslar: la del parásito que vive a expensas de algo, en este caso del oro negro.

Finalmente, recordemos la frase lapidaria de Uslar: “Nadie es más pobre que un parásito. Nada tiene. Su porvenir pertenece al ser que lo nutre”.
(*) Artículo original de Danny Klauss, publicado en Las Verdades de Miguel, 5 de noviembre de 2009. Tomado de: Ver: http://www.lasverdadesdemiguel.net/noticias.asp?id=1186&co_clasif=31

Mises e identidad “truculenta”


HJQ

Sorprenden ciertas estatuillas representativas de la mujer venezolana que son vendidas en locales especializados en artículos turísticos nacionales, allí donde es posible toparse con una llamativa máscara de los vibrantes Diablos de Yare o  cualquier trapo que lleve impreso el manoseado tricolor nacional.

Pintadas con cualquier cantidad de tonalidades alegres, desde rojo escarlata hasta amarillo chillón, es difícil no detenerse a observarlas por un momento. Las chicas transmiten alegría con su formateada pose de Miss, con su gracia y su ropa típica –el liquilique y a veces la alpargata- y con sus cuerpos muy bien delineados, que materializan el  estereotipo de reina prefabricada.

Las hay de todo tipo: morenas, negras, blancas. Unas son más altas que otras. Y de vez en cuando se asoma una hembra rellenita que se desvía de la norma.

Pero nuestra mirada comienza a extrañarse cuando se tiene la percepción de que estas princesas de arcilla en realidad no representan una supuesta cultura "nacional" sino que más bien son el reflejo elocuente de un mundo globalizado, de permanente transculturación y cambios, donde lo local y lo planetario se entremezclan,  donde el concepto posnacional cobra fuerza.

En efecto, comparadas con la escala antropométrica  real, algunas de estas princesas deben rondar cerca de un metro 90 centímetros, medida que no es la que predomina en cualquier fiesta popular celebrada en la plaza Bolívar, en la Mesa de Guanipa, incluso en los aterciopelados jardines del Country Club caraqueño. Son tallas que se alejan de la mujer venezolana promedio, la de carne y hueso, y más bien responden a los parámetros de la Miss Universe.



Ni hablar de los bustos inflados, las cinturas disminuidas y los traseros abultados, atributos exaltados con frenesí en este país productor de oro negro, pranes, homicidios y discursos. Es la mano invisible de la moda, de los salones de estética, del mercado, la que ha esculpido estas figuras. En este caso, los artesanos han procesado los parámetros de marras publicitados en el orbe. Lo "popular" es solo una parte de la obra.

Estas creaciones en serie entremezclan la estética artesanal de antaño, el liquilique propio del llanero, de una ancestral Doña Bárbara, y las usanzas de la  moda universal de hoy; recrean  el mito en torno a la belleza infinita y planetaria de la mujer venezolana, condición a veces natural, condición a veces lograda con bisturí y silicón; condición que seguramente alimenta el orgullo de una sociedad que necesita reconocerse en algún tipo de fortaleza, en un triunfo simbólico que haga olvidar las interminables penurias de la vida real.



En fin, estas simpáticas hembras sintetizan una sociedad que se debate entre la tradición  y la globalización, que abraza el silicón pero todavía recrea el uso de la alpargata, ese artículo de viejo cuño casi desaparecido de la vida terrenal. Ellas demuestran que el viejo concepto de "identidad nacional" asociado al lema "arpa, cuatro y maracas" fue adulterado por las nuevas realidades planetarias, al punto que quizás tal "identidad", como sugieren diversos autores, se perdió de vista hace rato.




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Publicado originalmente en El Universal bajo el título “Identidad posnacional y de silicón”, 15 de febrero de 2014.


La Venezuela real y la Venezuela artificial

El planteamiento de Uslar  permite entender un país de profundos contrastes, que sigue debatiéndose entre la modernidad y la tradición, la prosperidad y la pobreza, el progreso y el atraso

HJQ

Caracas en los años treinta.  Archivo fotográfico de Neuman


En un breve estudio sobre el impacto del petróleo en el desarrollo del país, Asdrúbal Batista escribió:

La Venezuela de 1920 es prácticamente indistinguible de la Venezuela que setenta años atrás había recorrido el abuelo de Mariano Picón Salas cuando regresa al país desde Francia, y cuyos trazos de infinito abandono y soledad han quedado recogidos en Viaje al amanecer” (1).

Batista estaba comparando el país de 1920 con el de 1850, año este en el que apenas habían transcurrido tres décadas desde la finalización de la guerra de Independencia y dos decenios después del desmembramiento de la República de Colombia (1830).

Pero esta situación cambiará drásticamente hacia 1926, cuando Venezuela desarrolla la industria petrolera y comienza a percibir un inusitado y descomunal ingreso generado por las exportaciones de oro negro.

Las primeras décadas de explotación del petróleo tuvieron un impacto enorme en la sociedad, así como en sus intelectuales. No sólo por los millones de dólares que comenzaron a  enriquecer las arcas del Estado, de la noche a la mañana, sino por lo cambios que en todos los órdenes de la vida generó ese recurso. Tanto así que Arturo Uslar Pietri (1949) se refirió a la Venezuela artificial (petrolera) que se levantó sobre la Venezuela real (agropecuaria), y sostuvo que en el país había gente que vivía en el siglo XVI (en la época colonial) y otra que, gracias al impacto del oro negro, estaba en el siglo XX.

“El petróleo ha irrumpido en medio de la existencia de una nación atrasada, pobre y débil. Esa irrupción unilateral de riqueza ha desarticulado la existencia venezolana. La ha desarticulado y cambiado de mil formas. Pero entre sus más inquietantes consecuencias están dos: ha hecho imposible el regreso a lo que antes éramos; y no ha creado las posibilidades de que continuemos siendo lo que ahora somos”. (2)

Para Uslar en ese país existían dos países, o más bien dos sociedades:

“…Una minoría que vive como en el Nueva York del siglo XX, y una mayoría que sigue viviendo como en el Borburata del siglo XVI…”.  (3)

El autor de Las lanzas coloradas añadía:

“Esas dos Venezuela: la artificial y la real, la petrolera y la agropecuaria, la moderna y la tradicional, la rica y la pobre, la fingida y la verdadera, la transitoria y la permanente, son la manifestación del grado extremo de desigualdad económica y social a que ha llevado a Venezuela la expansión súbita, sin control y sin dirección de la riqueza petrolera”. (4)

El texto de Uslar interesa por muchas razones, porque además pone el dedo en la llaga, cuando pensamos en el dilema de Venezuela y otros tantos países: modernidad versus tradición. En cierto modo, el petróleo propició la modernización, pero sabemos perfectamente que fue un proceso desigual, que no llegó a todos por igual, y cuyo resultado está a la vista de todos cuando comparamos los jardines verdes del Country Club con las infinitas escalinatas de Petare, cuando comparamos la escuelita de un pueblo del Sur, en los andes merideños, con un liceo de la capital muy bien equipado. Tales contrastes no se deben exclusivamente al petróleo, sino a quienes lo han administrado desde el poder. Porque el petróleo no piensa ni toma decisiones que afectan a millones de venezolanos.

Con el oro negro prácticamente el país dio un salto cualitativo y cuantitativo al siglo XX y en diversos ámbitos. Venezuela dejó de ser una nación semifeudal, agraria, que se trasladaba en caballo y mula, y se convirtió en un país que incursionaba en la era del motor de combustión y otras particularidades tecnológicas propias de la era industrial, del siglo XX.

Muchos de los logros alcanzados con el apoyo del oro negro tuvieron su costo político: el predominio de dictaduras militares durante medio siglo XX, así como la injerencia de las compañías transnacionales en  la política doméstica de Venezuela, hecho que, desde la perspectiva de la izquierda, siempre supuso una contradicción para una república que proclamaba haber logrado su independencia. Pero, ¿qué podía hacer Venezuela con su riqueza petrolera sin el apoyo de esas transnacionales?  La Petrolia del Táchira (1878) fue un ejemplo de tenacidad venezolana y ganas de hacer las cosas, pero se necesitaba mucho más que eso. Todavía hoy, en medio de un grandilocuente discurso nacionalista, el país acude a las transnacionales para explotar el oro negro. Pero al lado de la visión que rechaza la presencia del capital transnacional, de origen gringo o británico,  también existe una visión menos pesimista que  entiende e incluso agradece la llegada de las compañías transnacionales con sus capitales, tecnología y mano de obra lista para explotar el llamado excremento del diablo.

Curiosamente, con la explosión de la industria petrolera Venezuela se hizo más dependiente del capital internacional interesado en el oro negro, sin embargo, ello en parte contribuyó a darle estabilidad política y cierta prosperidad a la nación. Recordemos que sin petróleo, ni Gómez ni sus sucesores habrían construido un ejército nacional, capaz de imponer la paz, de aplastar a los caudillos regionales, ni se habrían construido carreteras para unificar el país, ni el Estado habría tenido grandes recursos para impulsar las diferentes áreas de la vida nacional, muy a pesar de los desperfectos suscitados en ese camino.

De alguna manera el planteamiento en torno a la Venezuela real y la Venezuela artificial sigue vigente. Es una noción válida para entender un país que sigue debatiéndose entre la modernidad y la tradición, la prosperidad y la pobreza, el progreso y el atraso. Un país de profundos contrastes.
  
Citas

(1) Asdrúbal Batista, “Más allá del optimismo y del pesimismo: las transformaciones fundamentales del país”, pp. 20-49. (p.21) en: Moisés Naim / Ramón Piñango, El caso Venezuela: una ilusión de armonía. Ediciones IESA, 1era reimpresión, Caracas, 1999.

(2) Arturo Uslar Pietri, “De una a otra Venezuela” 1949, tomado de  Textos Fundamentales de Venezuela. Selección y Notas Rafael Arraiz Lucca/ Edgardo Mondolfi Gudat, Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2001, pp. 285-306, (p. 302).

(3) Idem.

(4) Idem.